LA CASA DE LOS CUATRO PUNTOS CARDINALES

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sábado, 28 de marzo de 2020

SALTO DE EJE



Hace cosa de un año, me sorprendí a mí mismo mirando hacia el infinito. Los síntomas parecían claros: acceso de utopía galopante, anhelo de una vida sin sufrimiento. Los había ido sintiendo nacer en mi interior a lo largo de los últimos días. Sabía que irían a más, pero aun así no hice nada por reprimirlos.


–No hay nada malo en mirar al infinito cuando has llegado al límite de tus fuerzas –me replicó Carol cuando se lo conté.


Aquellas palabras me tranquilizaron. Dediqué toda la semana a mirar cada vez más tiempo hacia el infinito. Si los demás me dirigían miradas de crítica, estupor o compasión, fingía que no me importaba.


–Olvídate de ellos. Trasciende tu ego. Puede que no te contemplen a ti, sino lo que estás contemplando –volvió a aconsejarme la buena de Carol.


Y así pasaron las semanas, y las semanas se agigantaron en meses, y a Carol se le agotaron los consejos, pues también ella amaneció un día mirando hacia el infinito, y nos sentamos frente a frente, cada uno escrutando ansiosamente el infinito del otro, hasta que Aire, el estirado terrier de la vecina, nos ladró para que saliéramos de su caseta.






jueves, 1 de febrero de 2018

CONFIDENCIAS DE UN VECINO DE PUNXSUTAWNEY

 Hace ya 25 años que la película “Atrapado en el tiempo” (Groundhog Day) ayudó a popularizar en todo el mundo las (supuestas) dotes meteorológicas de la entrañable marmota Phil. Para sumarme a la celebración del cuarto de siglo que cumple esta obra maestra del cine contemporáneo dirigida por Harold Ramis y protagonizada por el gran Bill Murray, os invito a leer el siguiente microrrelato narrado en primera persona por el venerable animalito. En directo, desde Punxsutawney para Pittsburgh TV… ¡Feliz Día de la Marmota a todos! Happy Groundhog Day!



Créditos fotografía: Silvers Family 
La verdad es que no tengo ni idea de cuándo llegará la primavera, aunque estos tipos enfundados en frac y sombrero de copa se empeñan en depositar en mí sus esperanzas año tras año. Me sacan de mi confortable caja todos los 2 de febrero, con el frío que hace por esas fechas, y dan por sentado que, al ver mi propia sombra, voy a predecir el tiempo de los próximos meses. En realidad, estoy tan dormido que ni sé muy bien lo que hago (después de todo, ¿qué quieren? Soy una marmota). Tengo la impresión de que todos los días me despierto a la misma hora, con la particularidad de que siempre es el mismo día: 2 de febrero. Mi psiquiatra, el único amigo que me entiende de verdad, dice que lo que me ocurre es que estoy obsesionado con el tiempo y que, en lugar de en el nevado Punxsutawney, me creo que estoy en la soleada Miami.

He oído el clic de las cámaras. Buenos días, excursionistas. Hace frío, y lo seguirá haciendo mientras dure el invierno. Esto es Pensilvania, no os confundáis con Florida. ¿Hasta cuándo? No sabría deciros. Mejor se lo preguntáis a ese otro Phil, el hombre del tiempo que se parece a Bill Murray, antes de que vuelva a pisar el charco de agua helada, oiga ladrar al mismo perro de siempre y empiece a creerse inmortal.


      

sábado, 23 de diciembre de 2017

OÍDOS QUE NO OYEN, CORAZÓN QUE SIENTE


Nadie sabe exactamente cuándo llevó tío Arturo su armónica al Monte de Piedad, pero debió ser antes de Nochebuena. Era una majestuosa Hohner chapada en oro, con la cubierta negra laqueada, y sus lengüetas producían unos sonidos tan mágicos como la misteriosa persona que se la regaló. Desde que tengo uso de razón, la armónica siempre estuvo en casa de mi tío, descansando armoniosamente sobre el secreter de caoba. Y es que la personalidad de aquel anciano adquiría nuevas dimensiones si la Hohner se hallaba junto a él, aunque solo fuese dentro del bolsillo. Algunos decían que aquel pequeño instrumento de viento era su “pata de conejo”, pero creo que se trataba de algo más profundo, una comunión insólita con el espíritu de la persona que, tiempo atrás, le hizo un obsequio tan especial. Esto justifica el impacto que recibí cuando, una mañana de enero, mientras recorría el salón de su casa, noté la ausencia de la armónica. Al preguntarle qué le había ocurrido a su instrumento, me contestó enigmáticamente:
 “Algunas cosas solo se explican conociendo la historia que hay detrás, pero tendría que bucear en mis recuerdos para contártela…”.

Transcurrieron semanas después de aquella conversación y la armónica siguió sin aparecer. Fue a mediados de febrero cuando encontré la carta bajo un pisapapeles. Era la factura de un audífono emitida a nombre de una tal Alicia. Entonces mi mente se iluminó al imaginarme a una Alicia juvenil comprando enamorada la armónica de tío Arturo. La dibujé escuchando absorta aquella música que entretejió su romance y sus envejecidos oídos despertando a la vida gracias al audífono. Y comprendí por qué mi tío no podía tocar los sonidos que ella era incapaz de oír.


Epílogo
La Hohner volvió al lugar donde pertenecía meses después, aunque una vecina de tío Arturo afirmaba haber escuchado música de armónica mientras el instrumento dormitaba plácidamente en el Monte de Piedad.





Autor: zoë biggs

miércoles, 1 de noviembre de 2017

LA ÚLTIMA VOLUNTAD DEL “ORBISON”



Querido amigo:

La función ha terminado. Todo salió según tus deseos. Deposito esta nota, junto a un ramo de flores, sobre tu lápida. Nunca te tomé en serio cuando, siendo adolescentes, afirmabas que te gustaría que sonara “Stairway to Heaven” en tu entierro. Aún me parece escucharte:

Mientras me lloráis, yo iré subiendo entre grandiosos compases de rock progresivo. Y os diré adiós desde arriba...”.



Jamás imaginé que sonase tan pronto para ti, amigo. ¿Recuerdas cuando en la pandilla empezamos a llamarte “Orbison”? Con aquellas gafotas y tu corpulencia, cada vez te parecías más a Roy, el cantor de las mujeres guapas. ¡Y lo que te gustaba ese apodo! Seguí tus instrucciones al pie de la letra. El viejo Sanyo M2420 color antracita dio la representación de su vida y la cassette del sello Atlantic irradió un sonido casi cuadrafónico. Ni siquiera se salió la cinta.

Hoy amaneció lloviendo, pero el sol decidió resplandecer inesperadamente en tu funeral. Es curioso. Cuando volví al coche, en el espejo retrovisor se reflejó una silueta de escalera tendida sobre el arcoíris. Y creí verte subiéndola, peldaño a peldaño, hasta perderte en ese estudio de grabación donde amansan las enfermedades al son de guitarras eléctricas.

Seguro que eras tú, Orbison. Siempre fuiste un tipo afortunado.


  

domingo, 7 de mayo de 2017

Si una sola persona cae…

El título de este microrrelato está inspirado en una memorable frase de Gandhi: “Si una persona gana espiritualmente, todo el mundo ganará, pero si una sola persona cae, el mundo entero también caerá”. Un recordatorio más de que el hogar de los seres humanos no puede ser motivo de especulación, pues es su santuario sagrado y les pertenece por derecho de nacimiento. Aquellos que cometen el delito moral de la codicia elevando insensatamente el precio del metro cuadrado de las viviendas que venden o alquilan para oprobio de sus semejantes deberían hacerse esta pregunta en algún momento de sus vidas: “¿Qué pensaría Gandhi de lo que estoy haciendo? ¿Ganará algo el mundo con esta transacción abusiva e inmoral o solo saldrá ganando mi cuenta corriente?” 


Si una sola persona cae…

Las dos mansiones se miraban con arrogancia. Era difícil apreciar cuál era más opulenta y en cuál de las dos verdeaba con mayor intensidad el mimado césped. Bastaba contemplarlas para sentirse amparado por la maternal sombra que proyectaban, un haz de recuerdos confortables y acogedores. La pareja de ancianos dejó caer al suelo la maleta que transportaban y exclamó al unísono:

-¡Por fin lo hemos encontrado!


Nadie habría imaginado que, en aquella minúscula tierra de nadie que permanecía olvidada entre la majestuosidad de ambos edificios, podía surgir un hogar de semejante calidez. Parecía uno de aquellos insípidos arbolitos mágicos que, tras espolvorearlos con agua la noche anterior, amanecían convertidos en esplendorosos cerezos. El perfume penetrante de los jardines señoriales inundó con su fragancia aquel habitáculo sin paredes donde la pareja de septuagenarios, con cautivadora mímica que atraía la atención de los transeúntes, iba colocando los imaginarios objetos que componían el inventario de su casa. Ambos se movían al compás de una coreografía perfecta, a la que no parecía afectar la ausencia de puertas y ventanas. Pasados unos minutos, la sugestión llegó a tal punto que algunos espectadores se atrevieron a traspasar los límites etéreos del domicilio que contemplaban atónitos para ofrecerse a colgar un cuadro incorpóreo o apuntalar armarios invisibles. Esa noche de enero, la pareja de ancianos durmió plácidamente arropada, sin mantas ni radiadores. Tras el ventanal de la mansión vecina, una niña sonreía emocionada. Nunca había visto ondear la cometa de la fraternidad.




miércoles, 4 de enero de 2017

Evadido en pleno mediodía


Hay torres de cristal, cemento y cadenas dentro de las cuales relojes de manecillas inmóviles vigilan impasibles el progreso sobre el teclado, mientras torniquetes a sueldo controlan el flujo de anónimos empleados. Ninguna de esas prisiones tiene ya sentido para él, pues se ha decretado a sí mismo amnistía navideña de tan mundanas galeras, y ahora no se verá obligado a dar explicaciones a nadie por dirigir su mirada hacia aquella urraca que codiciaba las migas de bocadillos mal digeridos o a esa bandada de gorriones que se empeñaba en trinar con algarabía aunque el cielo bramase enfurruñado. Contempla de lejos el destello de las ventanas que nunca se abren y les dedica un gesto de despedida, ni grosero ni afectuoso, pues nada tienen ya que ver con su vida. Detrás de aquel cristal opaco aún puede visualizar la silueta de algunos compañeros por los que siempre sentirá afecto. ¡Ojalá no se le aparezcan en sueños! Cruza la carretera hasta el parque habitado por otros insatisfechos, que rumian pensamientos de fuga mientras rumian su alimento.
“Así era yo”, murmura avanzando sin atreverse a mirarles de cerca. “Aquí fragüé mi fuga tantas veces antes, sin lograr jamás escaparme”.

Pero todo eso ha dejado ya de incumbirle, y lo va olvidando según se aproxima el lánguido autobús de vuelta, al que pronto dirá adiós con la mano extendida de gozo. Media hora de traqueteo en un lenguaje ininteligible le conducirá hasta un dédalo de calles hermosas, hasta el corazón de un mundo de paseantes que lucen oficialmente su alegría en el ojal, hasta el ojo de un huracán habitado por compradores ebrios de emociones fuertes. Anuncia el final de su viaje un coro de niños que parpadean al compás del alumbrado de Navidad. Despide con un pañuelo dorado al autobús, viejo amigo de penalidades, barca de Caronte perdida ya en la bruma del pasado inmediato en el que se zambulle. No encontrará aceras vacías en aquel universo recién descubierto, solo gente viva viviendo en su tiempo prestado, exploradores del espacio aficionados que se niegan a creer con todas sus fuerzas que la oficina es un agujero negro, seres que buscan su ser auténtico en el oropel de un escaparate empañado. Bajo aquel luminoso mantel navideño, tejido en atávico hilo rojo, comerá del mismo modo en que solía comer en domingo, pues jamás volverá a comer sin alma, y dejará que un litro de vino espumoso haga con él lo que quiera, y sentirá que su ser se expande, aunque su mente se adormezca, y empezará desde cero, sentido a sentido, hasta descubrirse a fondo en el fondo de los ojos de la mujer que le espera.





Epílogo

Alguien le desea Feliz Navidad desde el otro lado de la mesa. La sonrisa que acompaña la frase se asemeja mucho a la perfección. Sus ojos sonríen al levantar la copa hacia él mientras, en algún lugar del establecimiento, suena una orquesta de ángeles anglófonos dirigida por Ray Conniff. Una mirada más intensa deja entrever nuevos detalles de la visión que tiene ante sus ojos. Los velos van cayendo uno tras otro. De repente, el barniz de ámbar que reluce en el cuello de la mujer le recuerda que ahora, más que nunca, es el momento de amar la vida.     

viernes, 16 de septiembre de 2016

EL PLANO ABSOLUTO DE MONAHAN



Este microrrelato, con el que concursé recientemente en el Certamen de Relatos de Cine de Huesca, está dedicado al genial cineasta John Ford, quien nos enseñó a mirar la vida con ese irresistible filtro de lirismo épico tamizado de humor que tan bien supo aplicar a sus películas. Como diría el bueno de Michaleen Flynn en El hombre tranquilo, una de sus obras más inolvidables, la labor de este singular pintor de escenarios cinematográficos, rebautizado Max Monahan en el texto que estáis a punto de leer, fue absolutamente “homérica”.  







El Séptimo de Caballería se había declarado en huelga. Aquellos gallardos jinetes de azul exigían que les dirigiera Maxwell Monahan, el genial cineasta irlandés que, a su juicio, mejor partido había sacado del regimiento de Custer al compás de nostálgicas marchas militares y bailes de gala. Cuando el director fue informado de ello, se limitó a decir sin asomo de orgullo:

– Me da exactamente igual dirigir a los “cuchillos largos” o a la perra Lassie, con tal de que no pongan pegas cuando les filme en plano absoluto.

Alarmados, los productores de westerns de alto y bajo presupuesto solicitaron la intercesión de John Tayne, la estrella del género que tan bien conocía la personalidad de Monahan, pero este tampoco les sirvió de gran ayuda:

–Si Max dice que le da igual, quiere decir exactamente eso –explicó el corpulento astro con acento texano–. No recomiendo presionarle. Podríais salir escaldados. En cuanto a lo del plano absoluto, yo sólo estuve a punto de lograrlo con él una vez, y casi me dejo la piel en ello…

Maxwell Patrick Monahan, nacido en el condado de Sligo en 1889, llevaba décadas buscando el equilibrio entre realismo y artificio. Sostenía, con irrebatible tozudez irlandesa, que en cada toma que se realizaba con una cámara de cine, podía llegar a captarse en ocasiones una escurridiza conjunción de matices que sólo él entendía y que, para facilitar su comprensión al resto de los mortales, denominaba “el plano absoluto”.

–A usted le gusta mi película Las ciruelas del rencor –explicaba con autoridad en una entrevista concedida a Photoplay– porque es fiel a la realidad. Y si le cautivó El hombre sereno, seguro que fue por su paradisíaca imagen artificial. Pero en mi próximo film solo se verán plasmadas en la pantalla sus cualidades intrínsecas. Lo rodaré en plano absoluto, ¡el plano Monahan!


Nadie supo jamás si Monahan halló su quimera soñada alguna vez, pero ante las continuas huelgas protagonizadas por soldados de caballería, indios confinados en reservas, sheriffs, cowboys y cuatreros, toda la industria cinematográfica acabó siguiéndole la corriente.




sábado, 13 de diciembre de 2014

Una doble para tres


1.
Podíamos ver las olas rompiendo apaciblemente contra la playa mientras ágiles sombras de gaviotas planeaban con elegancia sobre las arenas desiertas. Ninguno de los dos quería perderse aquella escena, a pesar de que la bebida ya se había agotado.

–Voy por repuestos –anuncié, según me levantaba de la silla y cruzaba el umbral de la terraza para descorchar otra botella de Lambrusco. En un ángulo del espejo de la habitación aún saltaba a la vista la romántica frase escrita con lápiz de labios horas antes. “Las cosas que podemos hacer cuando vamos a un hotel”, musité con gesto divertido. Fuera ya empezaba a oscurecer y las gaviotas que antes volaban ahora deambulaban por la dorada arena en busca de comida o de un lugar donde dormir.

–¿Sabes que la playa es el hotel de las gaviotas? –dijo Sofía–. Lo leí no sé dónde. Dicen que también duermen en los tejados y en los barcos anclados en el puerto.   

–No se me había ocurrido. Brindemos por ellas.


Las copas se entrechocaron y ambos bebimos el néctar rosado. Sólo nos quedaban unas horas para seguir respirando aquella brisa marina que inundaba la terraza. Mientras nos poníamos a bailar en la penumbra, dejándonos llevar por las hermosas sensaciones que nos embriagaban, escuchamos un ruido a nuestras espaldas.


–¡Vaya, ésta sí que es buena! –exclamó Sofía riendo­.

Yo me volví para averiguar qué le hacía tanta gracia y descubrí a una gaviota más grisácea que blanca mirándonos con curiosidad desde la barandilla. En cuanto nos hubo examinado, dio un saltito hasta la mesa y empezó a picotear graciosamente las migas de pan y los restos de patatas fritas que yacían intactos.

–¡En las terrazas! –exclamó Sofía con el tono emocionado de quien se acuerda repentinamente de algo­–. Ese artículo también decía que hay gente que se las ha encontrado durmiendo en su terraza…




–¿Y ahora qué hacemos? –añadí perplejo–. Porque no parece tener mucha prisa por irse.

En efecto, tras dar buena cuenta de todos los restos de comida que había sobre la mesa, la gaviota pasó a acomodarse en una de las sillas, la que tenía un cojín. Desde allí, siguió mirándonos con expresión curiosa y cada vez más soñolienta.



2.
Antes de dejar libre la habitación, nos despedimos de ella. Seguía durmiendo como una bendita sobre el confortable cojín. Sofía le dejó algo de agua en un plato de plástico y, debajo de éste, una nota que decía “No molestar”.


domingo, 5 de enero de 2014

REGALOS SALVAVIDAS



Abrió los regalos sin apenas ilusión. Después de todo, los había comprado él mismo. Una película de Woody Allen, un disco de jazz, la autobiografía de Groucho Marx y un ratón inalámbrico de color amarillo fueron surgiendo de entre los envoltorios de regalo. Incluso se había ocupado de añadir un paquete extra, aún sin abrir, cuyo interior encerraba aquella camiseta de rayas, a lo marinero marsellés o gondolero, que él jamás habría adquirido por su propia voluntad. No era difícil hacerse la ilusión de que otra persona la había buscado para regalársela. Avanzó dos pasos hasta la cocina americana, donde se sirvió una copa de sidra, y brindó consigo mismo ante el espejo, en el que creyó advertir una cierta desemejanza con la imagen que recordaba haber reflejado otras veces. No había en aquel apartamento de un solo ambiente ni un triste perro que le pudiese dirigir una mirada descreída al contemplar aquella farsa representada en la Noche de Reyes, ni un loro multicolor capaz de soltar una frase hecha en ese tono que a los humanos nos parece incomprensiblemente burlón, ni tan siquiera un gato siamés que, tras frotarse por un instante contra su pierna, le abandonara bostezando para entregarse a un plácido sueño en su mullida cuna. Estaba completamente solo. Abrió una ventana y dejó entrar el gélido aire de enero en el salón mientras ponía en funcionamiento simultáneamente el reproductor de DVD y el equipo de música. El ladrido de un perro vecino se mezcló con el verborreico diálogo de la película, intercalando sonido donde el director había concebido silencio, y la conversación entre dos señoras mayores en la calle se produjo a ritmo del sincopado ritmo del jazz de la Costa Oeste. Por su parte, el humor absurdo de Groucho Marx, combinado con las burbujas de la sidra, le causó un hipo tan pertinaz que se vio obligado a levantarse a beber siete traguitos de agua sin respirar. Cuando llevaba reteniendo el aire más de diez minutos, se acordó de que todavía no se había probado la camiseta de gondolero para ver qué tal le sentaba en aquel apartamento de Manhattan donde tantas personas hablaban a la vez con un fondo de música ligera y ladridos lejanos. Eso fue lo que le salvó de la asfixia.          

jueves, 12 de diciembre de 2013

SOLIDARIDAD INDIRECTA


La cesta de Navidad pesaba lo suyo. No circulaba ni un triste taxi por aquel fantasmal barrio de oficinas, y el paseo hasta la boca de Metro o la estación de autobús más próximas no me llevaría menos de veinte minutos. Podía haberlo intentado. Siempre puede hacerse un sobreesfuerzo. Pero aquella tarde, con el cielo de diciembre ya oscurecido, y una gélida temperatura que te iba anestesiando lentamente hasta adormecerte la cara, no tenía voluntad suficiente como para realizar hazañas de ese calibre. Mientras abría y cerraba mi dolorida mano y pensaba en lo que haría para llegar a casa con aquel lastre obsequio de la empresa, reparé en que, unos metros más adelante, instalado en un ínfimo habitáculo pergeñado con cajas de cartón y mantas, había un ser humano. Entonces, sin saber de dónde me venía la fuerza, volví a levantar la voluminosa caja, que ahora parecía tan liviana como una pluma, y avancé hasta donde se hallaba aquel semejante a quien la sociedad de la que él también formaba parte le negaba un techo y un hogar caliente en unas fechas de vistoso llamamiento al amor fraternal. Cuando finalmente descargué la cesta sobre el suelo, unos ojos sorprendidos me miraron entre un gorro calado hasta las cejas y una gruesa bufanda que le cubría hasta la nariz. Y os diré algo que aún no he olvidado: la sonrisa que a continuación hizo relumbrar aquella vivienda de cartón me alimentó mucho más que todo lo que contenía la cesta que nunca llegué a consumir. 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

SUPERHÉROES MINIMIZADOS

Os invito a leer el microrrelato que presenté esta semana al concurso “Relatos en cadena”.


Se durmió soñando que él también podía volar. Y que sus músculos llenaban sin esfuerzo aquel traje azul y rojo tan hortera con la “S” estampada. La fase REM le volvió invulnerable contra la kryptonita, y se sintió capaz de doblegar a todos los archivillanos del mundo con unos poderes que, en estado de vigilia, no le servían ni para cambiar el filtro del café. Acabó despertándole el áspero roce de un papel sobre sus párpados. ¿Sería la crema facial paralizadora de Lex Luthor? Abrió un ojo y reconoció la letra de Lois Lane:

“Hoy sacas tú al perro, Benito”. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Memoria inventada del polo

Os dejo con el relato que esta semana presenté al Concurso Relatos en Cadena. Ahora que llega el frío, parece que encuentro inspiración en parajes polares… ¡Que lo disfrutéis!



-Papá, ¿tú no tienes frío? –preguntó la niña.

-Hubo un tiempo en que sí, hija, cuando aún no conocía el secreto de los esquimales.

Una ráfaga de copos de nieve le inundó los ojos y, al seguir hablando, pareció llorar por momentos lágrimas escarchadas.

-Yo creía que los esquimales vivían en el hielo.

-No todos. Algunos salieron en busca del sol.

-¿Y lo encontraron?

En aquel momento, el cielo se tornó blanquecino. No sabía qué contestar.

-El sol los encontró a ellos. Ahora son felices.

La niña sonrió al escucharle. Aunque él no se daba cuenta, se formaban iglús en sus pupilas cuando mentía.      

domingo, 21 de abril de 2013

La mezcladora de géneros



El foco sujeto a una farola de la Calle 42 iluminó al teniente del Séptimo de Caballería mientras cortejaba a la hija del coronel en Fort Bravo. Desde el plató contiguo, un bigotudo general arengaba en primer plano a sus tropas a sacrificarse por la patria. 100 indios atacaron los carros en círculo tras los cuales se parapetaban 50 vaqueros de espaldas a las trincheras de Verdún. Los cantos de guerra Sioux se mezclaron con los acordes de Gershwin en el musical que saturaba de colores la lente de la cámara vecina. El bailarín con traje a rayas se desdobló en una gallarda figura de uniforme azul y su cabello engominado rivalizó en brillo con la estrella de latón que antaño adornaba su camisa de sheriff. Un sedán negro surcó la mojada calle de la ciudad oscurecida y entabló un estruendoso duelo de fuego con otro automóvil, todavía con manchas de tarta en su tapicería. Seis siglos antes, a unos metros de distancia, el Caballero Negro descabalgaba de un lanzazo a su enmascarado oponente en el torneo. Con su ímpetu de celuloide, la flecha eterna de Robin Hood apagó la luz del foco. Sorprendida, la pantalla resplandeció como cien soles.         

viernes, 22 de marzo de 2013

EL ÁRBOL DE PUSHKIN


Las urracas y los mirlos llegaron antes que yo. Correteaban con ímpetu primaveral sobre la tierra húmeda y el fragante césped que rodeaban el montículo donde se erguía la estatua, mientras absorbían los deliciosos aromas que el reciente chaparrón había destapado de su tarro de esencias. Respetando el juego de las plácidas aves, me acerqué con paso cauteloso hasta ellas. Ignoro si conocían el nombre del personaje que aparecía representado en el todavía goteante bronce verdoso, pero de algún modo parecían haberse sentido atraídas por su magnético romanticismo. Detrás de la estatua de Pushkin, a modo de hermoso marco natural, florecía un esplendoroso almendro. Entonces abrí mi ejemplar de Eugenio Oneguin, la gran novela en verso a la que puso música de ópera el mismísimo Chaikovski, y busqué ansioso la dedicatoria que Alexander Pushkin escribió a su amigo Pedro Aleksandróvich Pletnev:


Acepta, con ánimo benevolente, esta colección de capítulos tan dispares, mitad cómicos, mitad tristes, populares, espirituales, fruto descuidado de mis diversiones, insomnios, vagas inspiraciones, frías observaciones de mi cerebro y amargas decepciones de mi corazón; fruto de mis años marchitos antes de florecer”.

Estatua de Pushkin en el jardín de la Quinta de la Fuente del Berro, Madrid


No podía imaginar un mejor lugar de reposo que aquél para el poeta romántico ruso. Algo me decía que no murió en aquel duelo de honor en el que se batió en un gélido día de enero de 1837, a imitación de Lenski, uno de los personajes de su inmortal novela, por defender el honor de su dama. Ahora sabía que Pushkin, lejos de marchitarse, se había transformado en una estatua de vergel, en un imán literario para pájaros juguetones a los que seguramente les habría gustado leer sus versos. Cerré el volumen despacio, para no asustar al encantador mirlo que revolvía la tierra a tan sólo unos centímetros de donde yo me hallaba, y sonreí emocionado al ver florecer al unísono el árbol y el espíritu de un artista eterno.    

jueves, 24 de enero de 2013

Espectros de juventud


Sobre el puente de medianoche relucían dos estrellas de cartón que nunca se habían asomado a aquel firmamento satinado. El puente era de cartón piedra y ya no recordaba sus días de sólido granito, ligazón de argamasa y ensoñaciones de acueducto. A ambos lados de las orillas del río, en cuya cristalina corriente admiraban su propio reflejo las vanidosas estrellas de cartón-luz, dos viajeros se habían detenido para contemplar la plenitud del paisaje antes de cruzar sobre tan abismal vacío. Como quien escucha una fantástica voz de alerta, mitad imaginada, mitad intuida, el puente tuvo la premonición de que uno de los dos no lograría pasar al otro lado. “¡Retroceded ambos!”, gritó, sin que de su acartonada y amnésica garganta saliera ningún sonido. “¿Acaso es tan importante cruzar?”

Sólo cuando vio caer al más joven se dio cuenta de que ambos viajeros eran la misma persona.

sábado, 12 de enero de 2013

Personajes desplazados



Todo empezó cuando Sherlock Holmes se enamoró de Julieta Capuleto, y todo acabó cuando Sherlock y Julieta murieron por una sobredosis de amor estrellado. Romeo Montesco y el Dr. Watson iniciaron las pesquisas del caso, lo que les condujo, doce pipas de tabaco turco después, desde su salón de Baker Street hasta las puertas del castillo de Zenda. Allí yacía prisionero Dorian Gray, por fin envejecido tras duro cautiverio, hasta que un doble suyo, la viva imagen pintada en su retrato, le liberó. Con él se escapó también el capitán Ahab, quien creyó haber visto soplar a su ballena blanca en las brumas de Camelot y se convirtió en un yanqui en la Corte del Rey Arturo. “Ser o no ser fiel a mi soberano”, se preguntaba Lanzarote del Lago, recordando los amores de Robin Hood y Ofelia, de Hamlet y Lady Marian…


“Llamadme Gulliver”, dijo Moby Dick.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Tiéndeme una cuerda, hermano



Asomado al balcón, dejó caer atados a una cuerda los dulces que aquella Navidad, por decisión propia, se abstendría de comer hasta que en el horizonte ya invernal volviese a brillar una luz repartida equitativamente entre todos. Mientras veía descender lentamente los suculentos productos navideños, escuchó un siseo parecido al que él emitía y, levantando la vista, contempló al vecino de enfrente hacer lo mismo, con la única diferencia de que las viandas atadas a su cuerda eran embutidos surtidos. Ambos se miraron a los ojos y sonrieron al descubrir una faceta en el otro que jamás habrían sospechado. En aquel momento llegó a oídos de los dos otro siseo procedente del bloque de la izquierda y se volvieron al unísono para contemplar lo que ya suponían, seguido de un nuevo siseo surgido del edificio de la derecha. Regalos sin abrir, quesos aún no partidos en rodajas, piñas de cuerpo entero, melocotones en lata y turrones tanto duros como blandos fueron cubriendo gradualmente las fachadas de todas las casas de la manzana hasta bien entrada la madrugada.

Un mendigo que dormía al raso se despertó de repente y, al ver los edificios tapizados con cuerdas cargadas de alimentos y regalos, creyó que acababa de amanecer en el Paraíso.      

viernes, 7 de diciembre de 2012

Heracles se emplea a fondo


Hércules se limpió el sudor de la frente al ver la abrumadora fila de personas que tenía delante. ¿Acaso buscaban todas ellas el vellocino de oro? Mientras esperaba su turno, sacó unos documentos de la piel de león que le ceñía el cuerpo. El certificado de vida laboral, expedido en Micenas por su tío Euristeo, comenzaba con su primer trabajo en Nemea y terminaba refiriendo aquel viscoso asunto del can Cerbero en los Infiernos. Le habían aconsejado adjuntar una fotografía al CV, así que se había traído consigo dos lienzos: el que le pintó Pollaiuolo luchando contra la Hidra de Lerna y otro que le hizo Zurbarán, inmortalizado tal y como vino al mundo en pleno acto de asfixiar al felino de Nemea. Si le pedían referencias, Jasón o Atenea no tendrían inconveniente en escribirle una carta de recomendación. Hasta que le saliese algo, su compañero de hazañas Yolao le había ofrecido la vacante que ocupaba Teseo en “Viejas Glorias S.L.”, la empresa de mudanzas donde trabajaba. Nada muy mítico, claro está, pero suficiente para salir del paso. Como el fuego extinguido por el agua, Hércules sintió que su fuerza se debilitaba al ver su nombre sobre la tarjeta sellada.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

El relevo generacional




–Déjala a ella que sea pájaro –dijo el padre, contemplando su disfraz de plumas.
–Volará hasta el cielo y ya no regresará –vaticinó angustiada la madre.



Se oyó un revoloteo tornasolado y el palomar comenzó a vibrar en clave de si. Dos blancas figuras se acercaron arrullando a los padres de Violeta.


–Bueno, ¿viene con nosotras o no?

Su hija avanzó a saltitos portando un papel y agitó las alas entusiasmada.


–Y pensar que fueron una especie tan prolífica y ahora tienen que reclutar mensajeros entre los humanos...


Describiendo un perfecto círculo celta en el aire, la niña gritó: ¡Jerónimo!  

miércoles, 21 de noviembre de 2012

CINCO AÑOS DE FINITUD


Este es el relato que he presentado la pasada semana a Relatos en Cadena, un concurso imprescindible para todo microrrelatista que se precie:




Sus labios perfilados se contraen para dejar escapar un silbido corto. Ya no volverá a trabajar allí. El sonido sale patéticamente desafinado, como si sus notas hubieran olvidado formar escalas. Saca un espejito empañado y se mira en él. ¿Es ese reflejo doliente el mismo que, cinco años atrás, silbaba de alegría mientras emborronaba un papel? Le gustaría hacer magia con las ojeras de su exánime saldo bancario, pero de la manga no le sale más que un triste kleenex que ha absorbido su húmeda rabia. Manchándose de carmín los dedos, se dibuja el símbolo del infinito en la frente.