lunes, 20 de marzo de 2017

Who Knows If The Moon’s

Who Knows If The Moon’s

Who knows if the moon’s
a balloon,coming out of a keen city
in the sky—filled with pretty people?
(and if you and i should

get into it, if they
should take me and take you into their balloon,
why then
we’d go up higher with all the pretty people

than houses and steeples and clouds:
go sailing
away and away sailing into a keen
city which nobody’s ever visited, where

always
            it’s
                   Spring) and everyone’s
in love and flowers pick themselves


E. E. CUMMINGS






¿Quién sabe si la luna no es un globo?



¿Quién sabe si la luna no es un globo

que surge de una entusiasta ciudad en el cielo

repleto de personas atractivas?

Y si tú y yo nos subiéramos a él,

si ellos nos llevaran a ti y a mí en su globo,

entonces ascenderíamos con todas esas personas atractivas

a mayor altura que las casas, los campanarios y las nubes

Y surcaríamos el cielo

Hasta llegar a una entusiasta ciudad que nadie ha visitado jamás,

donde siempre es primavera

y en la que todo el mundo está enamorado

y las flores se recogen a sí mismas.

De E. E. CUMMINGS - Traducción de Ricardo José Gómez Tovar

miércoles, 4 de enero de 2017

Evadido en pleno mediodía


Hay torres de cristal, cemento y cadenas dentro de las cuales relojes de manecillas inmóviles vigilan impasibles el progreso sobre el teclado, mientras torniquetes a sueldo controlan el flujo de anónimos empleados. Ninguna de esas prisiones tiene ya sentido para él, pues se ha decretado a sí mismo amnistía navideña de tan mundanas galeras, y ahora no se verá obligado a dar explicaciones a nadie por dirigir su mirada hacia aquella urraca que codiciaba las migas de bocadillos mal digeridos o a esa bandada de gorriones que se empeñaba en trinar con algarabía aunque el cielo bramase enfurruñado. Contempla de lejos el destello de las ventanas que nunca se abren y les dedica un gesto de despedida, ni grosero ni afectuoso, pues nada tienen ya que ver con su vida. Detrás de aquel cristal opaco aún puede visualizar la silueta de algunos compañeros por los que siempre sentirá afecto. ¡Ojalá no se le aparezcan en sueños! Cruza la carretera hasta el parque habitado por otros insatisfechos, que rumian pensamientos de fuga mientras rumian su alimento.
“Así era yo”, murmura avanzando sin atreverse a mirarles de cerca. “Aquí fragüé mi fuga tantas veces antes, sin lograr jamás escaparme”.

Pero todo eso ha dejado ya de incumbirle, y lo va olvidando según se aproxima el lánguido autobús de vuelta, al que pronto dirá adiós con la mano extendida de gozo. Media hora de traqueteo en un lenguaje ininteligible le conducirá hasta un dédalo de calles hermosas, hasta el corazón de un mundo de paseantes que lucen oficialmente su alegría en el ojal, hasta el ojo de un huracán habitado por compradores ebrios de emociones fuertes. Anuncia el final de su viaje un coro de niños que parpadean al compás del alumbrado de Navidad. Despide con un pañuelo dorado al autobús, viejo amigo de penalidades, barca de Caronte perdida ya en la bruma del pasado inmediato en el que se zambulle. No encontrará aceras vacías en aquel universo recién descubierto, solo gente viva viviendo en su tiempo prestado, exploradores del espacio aficionados que se niegan a creer con todas sus fuerzas que la oficina es un agujero negro, seres que buscan su ser auténtico en el oropel de un escaparate empañado. Bajo aquel luminoso mantel navideño, tejido en atávico hilo rojo, comerá del mismo modo en que solía comer en domingo, pues jamás volverá a comer sin alma, y dejará que un litro de vino espumoso haga con él lo que quiera, y sentirá que su ser se expande, aunque su mente se adormezca, y empezará desde cero, sentido a sentido, hasta descubrirse a fondo en el fondo de los ojos de la mujer que le espera.





Epílogo

Alguien le desea Feliz Navidad desde el otro lado de la mesa. La sonrisa que acompaña la frase se asemeja mucho a la perfección. Sus ojos sonríen al levantar la copa hacia él mientras, en algún lugar del establecimiento, suena una orquesta de ángeles anglófonos dirigida por Ray Conniff. Una mirada más intensa deja entrever nuevos detalles de la visión que tiene ante sus ojos. Los velos van cayendo uno tras otro. De repente, el barniz de ámbar que reluce en el cuello de la mujer le recuerda que ahora, más que nunca, es el momento de amar la vida.     

jueves, 29 de diciembre de 2016

DEBBIE REYNOLDS, SIEMPRE A FLOTE

Querida Debbie:


He leído con estupor que ya no figuras en el cartel de mitos vivientes, tú que siempre fuiste tan insumergible como el personaje de Molly Brown que tanta fama te granjeó. Eras una de las actrices del Hollywood clásico que todavía seguía exhalando su aliento legendario entre los demás mortales. Tú, que cantaste bajo la lluvia con Gene Kelly, deslumbrándole al salir de una tarta de cumpleaños en los años 20 vistos bajo el prisma technicoloreado de 1950. Tú, que te lanzaste a La Conquista del Oeste en las tres pantallas anchas del Cinerama y acabaste conquistando, al compás de los dulces acordes de A home in the meadow, a Gregory Peck, el truhán más impasible del Far West. Siendo pequeña de estatura, ningún papel te pareció demasiado grande, y hasta te atreviste a hacer de sheriff femenino sin temor a quedarte Sola ante el peligro.



Por ti perdió su vocación Tony Randall, el inspector de hacienda al que tu padre, el bonachón de Paul Douglas, dio a beber unos tragos del explosivo cóctel “Hiena reidora” en la divertida Cómo encontrar marido (1959) para que este se olvidara de los impuestos atrasados que había ido a investigar a vuestra granja de Maryland. ¿Y qué me dices de aquella vuelta a España que te marcaste con Glenn Ford en un futurista descapotable rojo? Pasabas de dormir bajo el embrujo de la noche granadina a admirar el Alcázar de Segovia en un abrir y cerrar de ojos. Todo empezó con un beso en 1959, aunque Glenn volvió a hacer de marido tuyo en Un muerto recalcitrante ese mismo año. También recuerdo que repetiste nombre propio (según el título comercial que se les dio en España) en dos comedias cincuenteras, Las tres noches de Susana y Los líos de Susana, ambas de lo más entrañable, donde te emparejaron con Dick Powell y Eddie Fisher, el futuro padre de tu hija Carrie.


Bette Davis te quiso casar por todo lo alto con Rod Taylor en aquel Banquete de boda en B/N que orquestó Richard Brooks en 1956, ruina que evitó en el último momento la sensatez de tu padre, el taxista Ernest Borgnine. ¡Y qué trampa tan tierna le tendiste a Frank Sinatra cuando le expusiste tu milimétrico programa matrimonial en El solterón y el amor! Luego llegó el divorcio a la americana con el ex deshollinador Dick Van Dyke y tuviste el placer de la compañía de Fred Astaire, sin sus zapatos de baile en esta ocasión. Por cierto, ¿te acuerdas cuando, bajo las órdenes de Minnelli, te reencarnaste en el sexo opuesto en Adiós, Charlie ante los divertidos gestos de sorpresa de Tony Curtis, con quien ya te habías perdido en la gran ciudad neoyorquina años antes? Tampoco olvido cuando vestiste los hábitos en Dominique para encarnar a aquella monja cantarina que, con su guitarra al hombro y un corazón de oro, trataba de ayudar a todo el que se cruzara en su camino. Puedes estar orgullosa de tu carrera. Incluso enamoraste a Leslie Nielsen (mucho antes de que Hollywood descubriera su vena paródica) con aquella divertida inocencia juvenil que derrochaste en Tammy, la muchacha salvaje. ¡Qué emotivamente cantaste el tema musical que te compuso Ray Evans, y que convertiste en hit de 1957!





Debbie, no sé cómo te las has apañado, pero siempre te has mantenido a flote en el agitado mar del celuloide. Ni siquiera te hundiste con el Titanic cuando encarnaste a Molly Brown, la campesina de Denver convertida en millonaria a la que no intimida el desprecio de que es objeto por las clases altas de la ciudad. Ha pasado mucho tiempo desde que Gene Kelly te cantó con ojos tiernos aquello de “You are my guiding star” en aquel plató de cine vacío, pero creo que, en esencia, sigues siendo la misma. Seguro que quienes fueron tus compañeros de reparto suscriben esta opinión cuando te vean aparecer por ahí arriba.
Bueno, Debbie Brown, Molly Reynolds, o como prefieras llamarte en la pantalla plateada, ha llegado el momento de desearte un “happy feeling” entre bastidores, como rezaba el bonito título original de aquella comedia de Blake Edwards que te arrojó a los brazos de Curd Jürgens y John Saxon, allá por 1958. ¿Te trae buenos recuerdos? Pues este sentimiento feliz es a prueba de naufragios, así que súbete confiadamente a bordo de él y no desembarques hasta alcanzar la otra orilla, donde la lluvia solo moja los decorados y a las actrices del cine mudo con voz chillona les doblan ruiseñores como tú, ocultos detrás de un telón.