martes, 15 de enero de 2019

La Casa de los Cuatro Puntos Cardinales



El año 2019 comienza con una excelente noticia literaria para quien suscribe estas líneas. Por fin, después de largos meses de preparación, tengo la suerte de ver publicada mi primera novela: La Casa de los Cuatro Puntos Cardinales. El artífice de este proyecto acariciado desde hace años es Editorial Adarve (a la que hago llegar desde aquí mi más sincero agradecimiento), a través de la Colección Arquero de Autores Actuales.





La novela narra con prosa poética (y bajo el poderoso influjo del Hollywood de los años 40) una historia de amor que se inicia en la Inglaterra de la Segunda Guerra Mundial, la historia de Janet Stratton y Hugh Alderman, dos personajes idealistas que aspiran a obtener la máxima felicidad en sus relaciones sentimentales, y que se conocen durante el terrible bombardeo que sufre la ciudad de Canterbury en junio de 1942. Además de pasearnos por Canterbury, la ciudad a la que acuden los peregrinos para honrar a Santo Tomás Becket, las páginas del libro nos trasportan a la exuberante campiña de Kent, al plácido Támesis que discurre a orillas de la regia localidad de Windsor, a un Londres amenazado por la aviación alemana, al bello norte de Italia… y a un misterioso destino en el desierto egipcio.
Pero tal vez la verdadera protagonista de la novela sea la propia Casa de los Cuatro Puntos Cardinales, un espacio lleno de personalidad que actúa como catalizador de la preciosa historia de amor y ejemplifica la imagen de remanso de paz y la fuerza imbatible de la cultura en tiempos de guerra. Esta mansión de estilo neogótico es mucho más que un hogar para Hugh Alderman, el heredero de la estirpe. Se trata de un continente que cuenta con su propio lago y múltiples estancias fascinantes, dentro de las que destaca la biblioteca, una obra de arte que cautiva al protagonista con sus contenidos eruditos y su serenidad.
Sin embargo, La Casa de los Cuatro Puntos Cardinales  no solo es una emocionante historia romántica, sino que también rinde homenaje a los enamorados que vivieron su romance bajo el fuego y el miedo de la Segunda Guerra Mundial, a aquellos hombres y mujeres que se amaron intensa y tiernamente sin saber si volverían a verse de nuevo. Ojalá ellos pudieran leer estas páginas y recordar con los ojos brillantes de emoción.

Idealismo y espíritu romántico son las claves que delimitan la arquitectura literaria de La Casa de los Cuatro Puntos Cardinales, una novela escrita para conmover el corazón de quienes la lean. Si te gustan las historias con mansiones típicamente británicas, si te sientes bendecido viendo películas como El puente de Waterloo, Casablanca o La calle del adiós, no te defraudará La Casa de los Cuatro Puntos Cardinales. Confío en que te sientas tan a gusto como yo recorriendo sus estancias señoriales y admirando su colorida galería de retratos. Y es muy probable que no quieras dejar de perderte el destino al que se ven abocados sus personajes protagonistas, Janet y Hugh, enamorados en tiempos enturbiados por la guerra.
Te espero dentro de La Casa de los Cuatro Puntos Cardinales. Ven a conocer una historia de amor como las de antes.


jueves, 1 de febrero de 2018

CONFIDENCIAS DE UN VECINO DE PUNXSUTAWNEY

 Hace ya 25 años que la película “Atrapado en el tiempo” (Groundhog Day) ayudó a popularizar en todo el mundo las (supuestas) dotes meteorológicas de la entrañable marmota Phil. Para sumarme a la celebración del cuarto de siglo que cumple esta obra maestra del cine contemporáneo dirigida por Harold Ramis y protagonizada por el gran Bill Murray, os invito a leer el siguiente microrrelato narrado en primera persona por el venerable animalito. En directo, desde Punxsutawney para Pittsburgh TV… ¡Feliz Día de la Marmota a todos! Happy Groundhog Day!



Créditos fotografía: Silvers Family 
La verdad es que no tengo ni idea de cuándo llegará la primavera, aunque estos tipos enfundados en frac y sombrero de copa se empeñan en depositar en mí sus esperanzas año tras año. Me sacan de mi confortable caja todos los 2 de febrero, con el frío que hace por esas fechas, y dan por sentado que, al ver mi propia sombra, voy a predecir el tiempo de los próximos meses. En realidad, estoy tan dormido que ni sé muy bien lo que hago (después de todo, ¿qué quieren? Soy una marmota). Tengo la impresión de que todos los días me despierto a la misma hora, con la particularidad de que siempre es el mismo día: 2 de febrero. Mi psiquiatra, el único amigo que me entiende de verdad, dice que lo que me ocurre es que estoy obsesionado con el tiempo y que, en lugar de en el nevado Punxsutawney, me creo que estoy en la soleada Miami.

He oído el clic de las cámaras. Buenos días, excursionistas. Hace frío, y lo seguirá haciendo mientras dure el invierno. Esto es Pensilvania, no os confundáis con Florida. ¿Hasta cuándo? No sabría deciros. Mejor se lo preguntáis a ese otro Phil, el hombre del tiempo que se parece a Bill Murray, antes de que vuelva a pisar el charco de agua helada, oiga ladrar al mismo perro de siempre y empiece a creerse inmortal.


      

sábado, 23 de diciembre de 2017

OÍDOS QUE NO OYEN, CORAZÓN QUE SIENTE


Nadie sabe exactamente cuándo llevó tío Arturo su armónica al Monte de Piedad, pero debió ser antes de Nochebuena. Era una majestuosa Hohner chapada en oro, con la cubierta negra laqueada, y sus lengüetas producían unos sonidos tan mágicos como la misteriosa persona que se la regaló. Desde que tengo uso de razón, la armónica siempre estuvo en casa de mi tío, descansando armoniosamente sobre el secreter de caoba. Y es que la personalidad de aquel anciano adquiría nuevas dimensiones si la Hohner se hallaba junto a él, aunque solo fuese dentro del bolsillo. Algunos decían que aquel pequeño instrumento de viento era su “pata de conejo”, pero creo que se trataba de algo más profundo, una comunión insólita con el espíritu de la persona que, tiempo atrás, le hizo un obsequio tan especial. Esto justifica el impacto que recibí cuando, una mañana de enero, mientras recorría el salón de su casa, noté la ausencia de la armónica. Al preguntarle qué le había ocurrido a su instrumento, me contestó enigmáticamente:
 “Algunas cosas solo se explican conociendo la historia que hay detrás, pero tendría que bucear en mis recuerdos para contártela…”.

Transcurrieron semanas después de aquella conversación y la armónica siguió sin aparecer. Fue a mediados de febrero cuando encontré la carta bajo un pisapapeles. Era la factura de un audífono emitida a nombre de una tal Alicia. Entonces mi mente se iluminó al imaginarme a una Alicia juvenil comprando enamorada la armónica de tío Arturo. La dibujé escuchando absorta aquella música que entretejió su romance y sus envejecidos oídos despertando a la vida gracias al audífono. Y comprendí por qué mi tío no podía tocar los sonidos que ella era incapaz de oír.


Epílogo
La Hohner volvió al lugar donde pertenecía meses después, aunque una vecina de tío Arturo afirmaba haber escuchado música de armónica mientras el instrumento dormitaba plácidamente en el Monte de Piedad.





Autor: zoë biggs