LA CASA DE LOS CUATRO PUNTOS CARDINALES

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lunes, 21 de julio de 2014

HOMENAJE AL MEJOR PROVEEDOR DE HOLLYWOOD


James Garner se ha ido, tal vez para fijar definitivamente su residencia en ese mítico oeste que ayudó a crear en la serie de TV Maverick, y en comedias del género tan entrañables como También un sheriff necesita ayuda y Látigo. Aunque el Gran Garner era demasiado versátil como para limitarse a los salones de juego del Far West y los suntuosos barcos-ruleta que surcaban las aguas del Misisipi y no tardó en probar suerte como el teniente de vuelo (y eficaz proveedor) Hendley de La Gran Evasión, ese tipo tan bien peinado que afirmaba haber bebido té una sola vez en su vida, cuando se encontraba convaleciente en un hospital, y que se las ingeniaba para conseguir los artículos más variopintos en los estrechos límites de un campo de confinamiento alemán. También en La americanización de Emily, junto a su querida Julie Andrews, se encargaba de suministrar los productos más selectos al general con quien servía de ayudante pocos días antes del Día D, siempre con su sonrisa infalible y la campechanía del americano típico que Hollywood proyectaba a través de actores como el mismo Garner, Glenn Ford, Van Johnson o William Holden.

Además, este inolvidable intérprete oriundo de Oklahoma formaría pareja en dos ocasiones con Doris Day en las divertidas comedias Apártate cariño y Su pequeña aventura, ambas realizadas en 1963, sería el ejecutivo de quien se enamora Natalie Wood en El potentado, y nos regalaría otros papeles tan inolvidables en films de los años 50 y 60 como el del marine que rompe las barreras interraciales al salir con una muchacha japonesa en Sayonara (donde el protagonismo recaía en Marlon Brando), el único soltero del grupo de casados que deciden ponerle un piso a Kim Novak en Una vez a la semana, el amnésico que recorre las calles de Manhattan en La mujer sin rostro, el comandante norteamericano raptado por un grupo de alemanes en 36 horas, el temerario piloto de carreras de Grand Prix, el amigo que ayuda a Dyck van Dyke a fingir su propia muerte en El arte de amar y el novio de Audrey Hepburn en La calumnia.

En los años 70, Garner se convertiría en una cara conocida en la pequeña pantalla gracias a la serie policiaca Los casos de Rockford, aunque ya se había metido en la piel de un detective con su habitual solvencia en Marlowe, detective muy privado en 1969. La década le vio participar en otro western satírico y antirracista, Los trotamundos, mientras que en los 80 conocería nueva popularidad como el gangster de Victor o Victoria, de Blake Edwards, donde repetía pareja con Julie Andrews, y el galán otoñal de El romance de Murphy, junto a Sally Field.

Volviendo la vista atrás, uno de los primeros papeles que logró este actor que ya no se encuentra físicamente entre nosotros, pero que jamás nos abandonará, fue el de un piloto de aviones experimentales en una película de 1957 que llevaba por título original Toward the Unknown (literalmente, Hacia lo desconocido). Por mi parte, te deseo un feliz viaje hacia esos territorios, amigo Garner.


Se me olvidaba. Si le ves, dale mis recuerdos a tu compañero de fuga Steve McQueen, que ya lleva unos cuantos años jugando al béisbol en solitario en la “neverra” y seguro que está deseando pedirte que le consigas un guante nuevo…

viernes, 20 de junio de 2014

Tantas estrellas como en el cielo


Estaban todos allí arriba cuando subí. El señor Jordan me recibió vestido con impecable traje oscuro al salir del avión y me acompañó hasta mi nube, que compartía esponjosas paredes con Fred Astaire y Ginger Rogers. Tras escuchar un hipnótico zapateado a mis espaldas, me encontré de súbito frente a Gene Kelly, sonriendo como los ángeles mientras cantaba I’m singin’ up a cloud. Hice ademán de ofrecerle mi paraguas, pero me di cuenta de que ya no lo llevaba colgado del brazo y de que tampoco llovía en aquellas latitudes. “Error de principiante”, oí que alguien susurraba. La pareja de bailarines que serían mis vecinos para toda la eternidad salió de su celestial camerino y se marcó un armonioso pas a deux, elegantes como dioses del Olimpo. Siguiéndoles con la mirada, avancé unos pasos hacia Ginger para pedirle el siguiente baile, pero Clarence, ángel de segunda clase, me sugirió al oído que probara suerte con la campechana Betty Grable, que era más de mi estilo. Aquellas piernas aseguradas en un millón de dólares en la tierra resultaron ser tan algodonosas como todo lo demás en el cielo. Juntos abandonamos bailando los platós de la Fox para adentrarnos en los coloridos decorados de la Metro sin mostrar nuestro obligado pase al vigilante. Dos calles más allá, al otro lado del arco iris de Oz, resplandecía el decorado de Brigadoon, donde Cyd Charisse aún no se atrevía a franquear el puente que demarcaba el límite de la localidad. La risa escéptica de Van Johnson, amotinado sin causa en semejante paraíso, me animó a cruzar y eché a correr por el brezal en busca de Cyd, que suspiraba porque otro viajero danzarín volviera a perderse en aquellas tierras. Sólo entonces descubrí que la mágica bruma se había vuelto a levantar, y que ya no podría regresar jamás a mi hábitat celeste. Siempre había creído que sólo los ángeles tenían alas, pero una sensación vertiginosa me invadió mientras mi cuerpo empezaba a elevarse en el aire hasta que el pueblecito escocés de cuento no constituyó más que un lejano punto en la distancia. El mareo desapareció al comprobar que, detrás de una nube familiar, un gramófono sin fluido eléctrico hacía sonar Heaven, I’m in heaven hasta el infinito.

Ginger y Fred aún seguían bailando al compás de Cheek to cheek cuando los tres marineros de permiso, el profesor Higgins y su bella dama, el americano en París, las siete novias y los siete hermanos, el rey de Siam, etcétera, etcétera, etcétera, me invitaron a formar un corro con ellos.