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Este blog contiene en su esencia y espíritu el deseo de ser un homenaje y una invitación a la Cultura, a la Literatura, al Arte, a las Humanidades en general. A través de él deseo que todos los que se acerquen a sus contenidos sean tocados por la magia de la armonía y de la belleza que las palabras pueden transmitir.
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“Cada vez es más difícil decidir dónde empieza o dónde acaba el jazz.”
(Duke Ellington)

Jazz Palencia Festival-Otoño 2022
Si amas la música jazz desde que empezaste a escucharla
en las películas en blanco y negro de los años 40 y te dedicas a escribir por
vocación, sientes algo increíblemente especial cuando, un buen día, recibes la
llamada del presidente del jurado de la V Edición del Premio Internacional
‘Ramos Ópticos’ al Mejor Relato sobre Jazz y te dicen que has obtenido el
accésit por tu relato “La gran campana de
cobre de Sidney Hogan”. Este prestigioso y singular certamen literario se
celebra dentro de las actividades correspondientes al Jazz Palencia Festival,
que este año cumple su novena edición. Además de la inmensa alegría que supone
ser galardonado con el segundo premio entre más de 100 escritores por un excepcional
jurado formado por miembros tan ilustres como los académicos Luis Alberto de
Cuenca y José María Merino, el periodista José Miguel López (director del
programa “Discópolis” de Radio 3) y el director de Menoscuarto Ediciones, José
Ángel Zapatero, tengo la fortuna de aparecer en el libro conmemorativo que se ha
publicado con mi relato y el del ganador del certamen. Solo por ver la cara
sonriente del genial Duke Ellington sentado ante su mítico piano en la portada,
ya vale la pena tener este volumen de bolsillo que ofrece algunos acordes de mi
visión literaria sobre la música jazz.
“Existía entre nosotros, como ya he dicho en alguna otra
parte, el vínculo del mar”.
(Joseph Conrad)
Cada vez que aparece un libro con algo tuyo dentro,
sientes que estás más acompasado con el ritmo del mundo, de ese mundo que
comprendes mucho mejor a través de los libros. Mi relato “El mar bilingüe de Sark”, ambientado en una de las islas del Canal
de la Mancha durante la Segunda Guerra Mundial, acaba de ser publicado en el
libro de la Vigésima Sexta Edición del Certamen Literario Santoña… la mar,
donde obtuvo un accésit el pasado
verano. Es un privilegio figurar como uno de los autores premiados en este volumen
con sabor a narrativa marítima, uno de mis temas predilectos en lo que a gustos
literarios se refiere. Mi gratitud al Ayuntamiento y a la Casa de la Cultura de
Santoña, quienes se han encargado de editar primorosamente este apetecible tomo
poblado por variopintas andanzas marineras. ¡Feliz travesía por sus
páginas!
Digo que es mi casa, pero escuchad a las
alegres palomas
que convierten mi tejado en escenario de sus
arrullos,
que se acurrucan en torno al gablete durante
todo el día
y llenan las chimeneas con su canto
melodioso.
Nuestra casa, dicen ellas. Y la mía, afirma
el gato
mientras esparce su dorado pelaje sobre las
sillas.
Y otro tanto dice el perro, irguiéndose
furioso
si cualquier pie extraño profana el sendero.
Y el corzo que podaba mis jardines,
nuestro antiguo jardinero, hacía suyas estas
posesiones;
mas ahora, ya derrocado, vigila mi humilde
morada
y su reino de antaño, tan solo desde la
carretera.
©Versión de Ricardo José Gómez Tovar
My house, I say. But hark to the sunny doves
That make my roof the arena of their loves,
That gyre about the gable all day long
And fill the chimneys with their murmurous song:
Our house, they say; and mine, the cat declares
And spreads his golden fleece upon the chairs;
And mine the dog, and rises stiff with wrath
If any alien foot profane the path.
So, too, the buck that trimmed my terraces,
Our whilom gardener, called the garden his;
Who now, deposed, surveys my plain abode
And his late kingdom, only from the road.
Hay un relato de James Thurber, padre literario del Walter Mitty de celuloide que va a asomarse a estas páginas, que habla de una mujer llamada Dorothy aficionada a terminar las frases de las personas con quienes se relacionaba. Este hábito no contribuía precisamente a la popularidad de la joven, ya que unas veces acertaba de pleno, pero otras muchas se pasaba de lista, aportando una información que el sorprendido/indignado interlocutor ni siquiera había considerado introducir en la conversación. No sé si el Walter Mitty de letra impresa habrá entablado amistad con esta resabiada completadora de frases con la que comparte volumen, pero el Walter Mitty cinematográfico, a quien presta su físico desgarbado el gran Daniel Kaminsky, conocido para la posteridad y en el Olimpo hollywoodiense como Danny Kaye, tampoco lo tenía nada fácil a la hora de expresar sus propias opiniones, ya fuese en el entorno laboral o en el familiar. Nuestro amigo Walter, un editor de novelas pulp de portadas a cual más efectista, es un volcán de fantasía a punto de estallar. Ante la grisura de los quehaceres diarios, la conducta autoritaria de su futura novia y la mediocridad de sus superiores de la editorial Pierce Publishing, que se apropian de sus sugerencias sin que él pueda decir ni pío, este hombre tranquilo, que acostumbra a dar de comer a las palomas desde el alfeizar de la ventana de su despacho, no tiene otra alternativa que accionar todo un engranaje de escenas escapistas en las que él actúa como protagonista absoluto.
El sonido de la claqueta se transforma entonces en
un obsesivo pocketa, pocketa que
introduce cada una de las nuevas aventuras en las que Walter se ve involucrado.
Un capitán de barco en medio de una feroz tempestad, un aguerrido piloto de la
RAF o un médico que exhibe nervios de acero frente a una operación de alto riesgo
son sólo algunas de las proyecciones en Technicolor de Walter Mitty, ese ser
apocado a quien todos tratan de gobernar a su antojo como si fuese una
personalidad invisible, aludiendo a sus nervios delicados, a su falta de
memoria o a su comportamiento en apariencia estrambótico. La vida secreta de
Walter Mitty es la única vida auténtica que puede vivir un personaje que, acusado
de soñador, es objeto de burlas constantes por parte del primo de su prometida
(un patán con quien ésta parece hacer buenas migas) e incluso es enviado a la
consulta de un psiquiatra de aspecto tan siniestro como Boris Karloff (en clave
de autoparodia) y está a punto de perder su “otra vida”, la que no sucede en el
plató de sus ensoñaciones, en una madeja de intrigas de espionaje internacional
con rubia incluida.
El actor protagonista de La vida secreta de Walter Mitty (The Secret Life of Walter Mitty) inolvidable
película producida por Samuel Goldwyn y dirigida por Norman Z. McLeod en 1947,
repetiría en más de una ocasión el fenotipo de hombrecillo soñador, tímido, afable,
nervioso e hipocondriaco que tan bien se ajustaba a su peculiar fotogenia. Dos
años antes, en Un hombre fenómeno
(The Wonder Man), había interpretado al hermano bibliotecario de un artista de
nightclub a quien éste, tras ser asesinado por unos gángsters, se le aparecía
en Prospect Park para pedirle que asumiera su identidad. También allí compartía
honores estelares con Virginia Mayo, encantadora actriz que sería su más asidua
partenaire (coincidieron en cuatro películas: las ya citadas, El asombro de Brooklyn (The Kid from Brooklyn, 1946) y Nace una canción (A Song is Born, 1949).
En el preciso momento en que a Walter Mitty se le
permite terminar una frase, su vida empieza a cambiar. El director de la
editorial le respeta, su madre deja de tratarle como a un crío y, lo que es más
importante, consigue a la chica de sus sueños, Rosalind van Hoorn, esa
misteriosa rubia que se le aparece en los lugares más insospechados. El talento
prodigioso de Danny Kaye es el verdadero artífice del éxito artístico de esta
inolvidable comedia que logra la proeza de convertir un relato bastante soso de
apenas siete páginas en una obra maestra del cine. Dicho mérito también es
atribuible al espléndido guion firmado por Ken Englund y Everett Freeman, que
introduce atractivos elementos de aventura en el argumento a través de unas
joyas holandesas codiciadas por los nazis. En definitiva, La vida secreta de Walter Mitty es una delicia para los nostálgicos de una manera de hacer cine cada
vez más añorada. Como diría el propio Walter, pocketa, pocketa, empieza la proyección…
En su última película, estrenada
en 1967, el gran Charles Chaplin dibuja un personaje femenino inolvidable: la
condesa Natasha, una refugiada rusa que se gana la vida como acompañante en las
salas de baile de Hong Kong. El hecho de que la aristócrata venida a menos esté
encarnada por la simpar Sophia Loren, y que ésta forme pareja con otro monstruo
del cine, el impenetrable Marlon Brando, convierte a “La condesa de Hong Kong”
(A Countess from Hong Kong) en una película
de recuerdo imborrable.
Chaplin dota a este film rodado
a finales de los años sesenta de una pátina de comedia de los años treinta o cuarenta,
y lo consigue gracias a varios recursos. En primer lugar, insertando la película
en el espacio temático de una travesía a bordo de un crucero (con polizón
incluido), subgénero muy popular en la edad dorada de Hollywood. Además, el
maestro del cine mudo añade diversas escenas que imitan el cine silente, como
las protagonizadas por el mayordomo del diplomático (interpretado por el actor
Patrick Cargill) o las cómicas andanzas del camarero borrachín encarnado por el
propio Chaplin. Por último, la banda sonora del film, compuesta por el director
británico, cuyo tema central “This is My Song” sería versionado por medio mundo,
tiene un regusto encantadoramente anticuado (al parecer, Chaplin compuso la
canción a finales de los años 20), totalmente ajeno a la “modernidad” de la
música de 1967.
Por encima de todo, La condesa de Hong Kong es una comedia romántica sofisticada que nos presenta a una pareja bastante improbable: el diplomático norteamericano Ogden Mears (al que da vida un Marlon Brando en su registro más taciturno, muy alejado de la jovialidad que desplegó en dos de sus papeles cómicos anteriores, en las espléndidas La casa de té de la luna de agosto y Dos seductores), que regresa a Estados Unidos tras su estancia en Arabia para seguir adelante con una brillante carrera, y la condesa Natasha (extraordinaria Sophia Loren, a la que Chaplin permite que realice algunas “payasadas”, especialmente a cuenta del pijama de Marlon Brando y de la ropa holgada que éste le compra a la maggiorata italiana en la tienda del barco), quien se embarca como polizón para dejar atrás un pasado difícil. Ambos personajes deberán compartir el camarote de Ogden para evitar que Natasha sea descubierta, y para ello contarán con la inestimable colaboración del fiel Harvey (muy bien encarnado por Sydney Chaplin, hijo del director). Por si no hubiera suficientes complicaciones, Martha, la esposa de Mears (interpretada por Tippi Hedren) también entra en escena con el propósito de reconciliarse con un marido del que está distanciada.
La condesa de Hong Kong, comedia rodada enteramente en los estudios británicos Pinewood,
ofrece múltiples aciertos que desdicen el fracaso de crítica y público con que
fue acogida en el momento de su estreno. Al parecer, solo las ventas del
mencionado single “This is My Song” lograron cubrir los gastos de la
producción. La comicidad del film está asegurada gracias a las divertidas
escenas de enredo que articulan la película, con timbres que suenan y puertas
que se abren y cierran continuamente dentro del camarote, así como mediante la hilarante
farsa de matrimonio en la que es obligado a participar el perplejo mayordomo o el
malentendido con la pasajera enferma del crucero, que es confundida por el
propio capitán del navío con la anciana actriz inglesa Margaret Rutherford.
Poco importa que la playa de Waikiki y otros exteriores hawaianos hayan sido
sustituidos por coloridos decorados, puesto que Chaplin, a sus 78 años, sigue
manejando como un auténtico experto los mecanismos de la comedia.
“La condesa de Hong Kong” es el
digno testamento cinematográfico de un genio indiscutible que ya no tenía nada
que demostrar en el ocaso de su carrera. El creador del inmortal Charlot dijo
en una ocasión que “Al final, todo se
reduce a un gag”. Su última película está repleta de ellos y transmite una
alegría de vivir que encaja perfectamente con la filosofía que destila otra de
sus máximas más universales:
“Un día sin risas es un día desperdiciado”.
La celebración de fiestas es una constante que vertebra la filmografía de Blake Edwards a la manera de una espina dorsal risueña, una corriente de felicidad cinematográfica que fluye, sin perder un ápice de su joie de vivre, desde el concurrido apartamento neoyorquino de Holly Golightly en Desayuno con diamantes hasta la localidad siciliana que celebra con desenfreno mediterráneo el desembarco aliado en ¿Qué hiciste en la guerra, papi?, pasando por el ágape de saloon al más puro estilo Far West que los habitantes del villorrio de Borracho ofrecen al Gran Leslie (Tony Curtis) y sus acompañantes (la reportera feminista Maggie Dubois-Natalie Wood y el fiel asistente de Curtis, Hezekiah, al que encarna Keenan Wynn) en La carrera del siglo. En el título que acapara estas líneas, producido en 1968 por el habitual Ken Wales para The Mirisch Corporation, la fiesta constituye el hilo argumental y el vehículo en torno al cual se desarrollan algunos de los acontecimientos más divertidos de la Historia del Cine, todo ello subrayado a la perfección por los sedosos compases de la música de Henry Mancini, pilar básico de la película, quien compone una espectacular banda sonora integrada por 12 temas e interpretada por artistas de la talla de Shelly Manne, Jimmie Rowles o Bill Plummer.
Tras su fructífera colaboración en las dos primeras
entregas de la saga de La pantera rosa,
parece ser que ni Edwards ni Sellers estaban deseando volver a trabajar juntos
(lo que ciertamente no deja de extrañar a quienes hemos disfrutado como niños viendo
las chispas de celuloide de alto voltaje que producían sus talentos combinados).
Afortunadamente, y acuciados por la necesidad de afianzar un nuevo éxito de
taquilla, ambos olvidaron momentáneamente sus diferencias para crear esta
brillante sucesión de slapstick en la
que Richard Henry Sellers, nombre completo del inolvidable actor de Southsea, Hampshire,
contó con abundante libertad de improvisación por parte del director. El guateque (The Party) es visiblemente deudora
de la comicidad de Jacques Tati, que había rodado su espléndida Playtime un año antes, si bien a Edwards
no le interesa tanto denunciar las estructuras de incomunicación que asfixiaban
al ser humano en la segunda mitad del siglo XX, sino más bien retratar con su
estilo inimitablemente cool la
hipocresía que rodeaba la industria cinematográfica (contra la que volvería a
arremeter posteriormente en S.O.B.
(1981), esta vez con el protagonismo crepuscular de William Holden, mientras
nos lleva de carcajada en carcajada de la mano de un trasunto del inspector
Clouseau que hace gala de un acento todavía más chirriante que aquel.
Uno de los escasos diálogos de esta extraordinaria comedia,
que contó con un guión exiguo de apenas 68 páginas durante su filmación, afirma
que “En India no creemos que somos.
Sabemos lo que somos”. Tanto Edwards como Peter Sellers sabían
perfectamente lo que eran y el tipo de película que podía resultar de su unión
creativa. Sólo alguien como Blake Edwards podía convertir una lujosa residencia
de Beverly Hills o Bel Air en una gigantesca piscina jabonosa donde los músicos
contratados para la ocasión siguen tocando sus acordes de sofisticado jazz a pesar de quedar casi totalmente
cubiertos por la espuma. Y es que, para el director oriundo de Oklahoma, son precisamente
los retoños del dueño de la mansión en la que sitúa su historia (el bigotudo
coronel Clutterbuck, interpretado con genial understatement por J. Edward McKinley), jóvenes de la Nueva Era que
preconizaba ese año 68, quienes propician la purificación de la villa donde se
dan cita sus invitados. El artífice de este baño con espuma pacifista no es
otro que el inefable Hrundi V. Bashi, agraviado por la ofensa que constituye
para su cultura el que un elefante sea pintarrajeado, por muy loables que sean
los lemas que luzca en su lomo. Ni corto ni perezoso, enfundado en un pijama de
color butano y con la ayuda de una aspirante a actriz vestida con la ropa de un
niño, este actor indio en paro, atraído magnéticamente hacia los prohibidos
mandos de iluminación y sistemas de control de la vivienda, transformará el suntuoso
hábitat hollywoodiense en una piscina omnipresente a la que irán cayendo,
sucesivamente, todos los asistentes al guateque, incluida la delegación de
músicos rusos (tal vez un divertido guiño a la Guerra Fría por parte de
Edwards). Tal como rezaba uno de los lemas publicitarios de la película, “Si usted ha asistido a una fiesta más
desmelenada que ésta, queda arrestado”.
El film de Edwards está plagado de momentos impregnados
de un hilarante desmelenamiento a los que es difícil sustraerse, gran parte de
ellos propiciados por el desbordante virtuosismo de Peter Sellers, el hombre de las mil caras: el zapato de Bakshi
flotando en la piscina; el asiento ridículo que se le asigna durante la cena;
el pollo que va a parar al postizo de la actriz; el camarero que se tambalea
con la bandeja de un lado para otro (prodigiosa composición mímica de Steve
Franken) mientras apura progresivamente las copas que rehúsan los comensales;
las cómicas escenas de antagonismo entre el jefe de cocina y el camarero que se
vislumbran en la cocina, al entreabrirse las puertas batientes; las posturas
imposibles que adopta el bueno de Hrundi para contener su urgencia fisiológica
ante los interminables acordes de la canción Nothing To Lose que entona la simpática starlet francesa Michelle (Claudine Longet) o la pistola espacial de
sonido descacharrante con la que nuestro héroe desbarata el bisoñé del director
de la película que ha echado a perder antes de acudir al evento (interpretado
por el futuro capitán Stubing de la serie Vacaciones
en el mar, Gavin McLeod, quien ya había destacado anteriormente como el
marinero tatuado de Operación Pacífico,
excelente comedia militar rodada casi una década antes por Edwards), así como
sus libidinosos planes.
Al final, el pretendido gafe, ese ser marginal no tanto
por el color de su piel sino por sus continuos tropiezos con la rigidez
almidonada de quienes le han invitado a gozar de sus privilegios, ese paria de guateque a quien el rechazo visceral
de casi todos los invitados no consigue apagar el brillo de su bondadosa sonrisa,
pasará a ser el alma de la fiesta y a conquistar las simpatías unánimes del
público que aplaude abiertamente sus meteduras de pata, logro que obtendrá tras
subvertir el orden establecido volviendo del revés la mansión del productor que
le ha añadido a su black list
particular, firmando con ello la orden de derribo de su propia casa. El corneta
miope que se negó a sucumbir en los estertores de la Gran Bretaña colonial,
dinamitando por accidente el fuerte construido en exteriores para la funesta
película El hijo de Gunga Din, ha alcanzado
el mayor protagonismo de su carrera sin necesidad de aprenderse el guion. Nos alegramos
mucho por ti, Hrundi V. Bakshi, y prometemos aprender a chapurrear hindustaní
en el próximo guateque al que estés invitado, siempre y cuando no te acerques
demasiado a la piscina…
Toda visión del mundo es una mera cuestión de interpretación lingüística. Por ejemplo, si un estadista se apropia de la palabra “confín”, seguramente la desvirtuará hasta convertirla en instrumento coercitivo, en herramienta aberrante de restricción de libertades. Sin embargo, démosle a un poeta la palabra “confín” y nos compondrá con ella versos universales en los que hallaremos ilimitada libertad. Charles Baudelaire hace lo propio en su poema “El viaje”, donde dice:
“Y nos marchamos siguiendo el ritmo de las olas, meciendo nuestro
infinito sobre el confín de los mares”.
Pero además de equiparar el
vocablo “confín” a sensaciones de infinito, el gran autor del Simbolismo francés nos regaló otro
maravilloso poema, “Elevation”, que nos
insta precisamente a “elevarnos” sobre las miserias de la existencia. Leído
hoy, es como si Baudelaire lo hubiera escrito pensando en estos nada poéticos tiempos
donde los antifaces no forman parte de ningún glamuroso baile de máscaras y en
los que el sentido del humor ha sido reemplazado por la desconfianza más cerril.
Se lo dedico a quienes, al igual que yo, cada día amanecemos más simbolistas y menos
conectados a la desfigurada realidad oficial…
Elevación (Élévation)
Charles Baudelaire
Por encima de los estanques, por encima de los
valles,
Sobre montañas y bosques, sobre nubes y
mares,
más allá del sol, más allá de los éteres,
más allá de los confines de estrelladas
esferas.
Te desplazas, espíritu mío, con agilidad
y como hábil nadador que desfallece en las
olas,
alegremente surcas la profunda inmensidad
con voluptuosidad indescriptible y masculina.
Aléjate de estos mórbidos miasmas,
sube a purificarte al aire superior
y bebe, como puro y divino licor,
la luz clara que rellena los límpidos
espacios.
Detrás del tedio y de la enorme tristeza
que abruman con su peso la brumosa existencia,
¡Afortunado aquel que puede con vigoroso
aleteo
lanzarse hacia los campos luminosos y serenos!
Aquel cuyos pensamientos, como si fueran
alondras,
hacia el cielo matutino emprenden libre
vuelo,
¡quien planea sobre la vida y comprende sin
esfuerzo
el lenguaje de las flores y de las cosas
mudas!
Autor: Charles Baudelaire
Versión en español: ©Ricardo José Gómez Tovar
“Dicen que, con el tiempo, se puede superar cualquier cosa. No creo que esto sea posible, pero si a uno le conceden tiempo suficiente, puedes recolocar esas cosas donde pertenecen.”
El escritor norteamericano John Philips Marquand (1893-1960),
galardonado con el premio Pulitzer en 1938, fue uno de los narradores más
populares de su época, lo que motivó que algunas de sus obras se trasladaran a
la gran pantalla con admirables resultados. Este es el caso de Cenizas de amor y El mundo de George Apley, dos títulos ambientados en la Nueva
Inglaterra natal de su autor y dotados de una descripción entre crítica y
nostálgica de la alta burguesía bostoniana.
Harry Moulton Pulham es el personaje central de Cenizas de amor (H.M. Pulham, Esq.), película rodada en 1941 por King Vidor para la MGM, en la que toma prestados los rasgos flemáticos y risueños de Robert Young, galán de moda por aquellos años. Estamos ante un film que ahonda mediante agradables imágenes (fotografiadas por Ray June en “glorioso blanco y negro”) en la psique de su personaje protagonista, un caballero de Boston, heredero de una familia de rancio abolengo, que se ve enfrentado a la nada despreciable tarea de redactar una pequeña biografía para una reunión de antiguos alumnos de Harvard. ¿Cómo encabezar el texto? ¿Quién es realmente H.M. Pulham? ¿Ha encontrado la felicidad en estos años? ¿Ha vivido la vida que realmente deseaba vivir?
Como es de rigor en casos similares, se produce un
salto atrás en el tiempo y la veterana cámara vidoriana, que aquí muestra una
predilección por los planos simbólicos de relojes, se aventura a dibujar el
retrato de la personalidad más profunda del Sr. Pulham. Así averiguamos que
este bostoniano respetable, padre de familia y empresario ejemplar, no siempre
llevó una existencia tan metódica, repartida entre sus horas de oficina y esos
momentos de asueto que consisten en pasear a su perro Bitsey y dar de comer un puñado de nueces a las ardillas del
parque. Hubo un tiempo en que Harry, recién desmovilizado de la I Guerra
Mundial, quiso conocer algo más del mundo que le rodeaba y abandonar
temporalmente el asfixiante espacio familiar al que sabía que estaba abocado tarde
o temprano.
La invitación de su buen amigo Bill King (encarnado con
su acostumbrada solvencia por un joven Van Heflin) para entrar a formar parte
de una empresa publicitaria de Nueva York será la piedra de toque que active ese
intento de desapego de los ancestros bostonianos. En el cosmopolita ambiente
neoyorquino, lejos del corsé atávico de su lugar natal, Harry se enamorará de
una compañera de trabajo, la redactora Marvyn Miles (interpretada por la bella actriz
austriaca Hedi Lamarr), quien le fascina por su carácter independiente y su
inteligencia, a pesar de no responder exactamente a su tipo ideal de mujer. Marvyn
parece compartir este sentimiento, aunque es consciente de la abismal
diferencia que existe entre los mundos de los cuales ambos proceden. Lo que más
le atrae de Harry es precisamente su naturalidad:
“Cuando te vi
por primera vez en la oficina, no sabía si eras tonto o listo. Ahora sé que
eres algo que nunca había conocido: tú mismo”.
Y es que el protagonista de este singular melodrama romántico solo ambiciona ser “una persona normal y corriente”, un graduado de Harvard que no destaca por ninguna habilidad especial, que tiende a preocuparse algo más de la cuenta por el curso de los acontecimientos, un privilegiado cuya acomodada posición familiar no le ha convertido en arrogante ni orgulloso. Pero el influjo del entorno tradicional que ha visto crecer a Harry Pulham no jugará a su favor en su relación con Marvyn. La brillante redactora publicitaria se ahoga bajo el peso de las convenciones de Westwood, el hogar familiar de los Pulham, y regresará a la contaminada Nueva York en busca de aire puro. Con la muerte del padre de Harry (al que da vida el genial Charles Coburn), se ensanchan las distancias entre los enamorados, al verse obligado éste a asumir el control de la empresa familiar de inversiones. Mientras tanto, Kay Motford (Ruth Hussey), una chica de su misma posición, amiga de la familia desde la infancia, va haciéndose hueco en el dolido corazón de Harry…
El flashback termina al son de los acordes de
Bronislau Kaper, y King Vidor nos devuelve a la actualidad. Harry ha conseguido
redactar esos datos que recopilan toda una vida. Sin embargo, hay algo que le
preocupa. Una voz del pasado, la de una mujer llamada Mrs. Ransome, rasgando el
velo protector de la memoria, ha irrumpido en el presente a través del teléfono
de su oficina. Marvyn Miles está en la ciudad y desearía verle. La mujer de
Harry, Kay, ha contraído demasiados compromisos sociales como para poder
acompañar a su marido en el viaje que éste lleva solicitándole desde hace días,
una excursión hacia la intimidad perdida entre dos esposos, hacia la amnistía
transitoria de las responsabilidades familiares. Harry, una vez más, se ve
desbordado por la realidad. ¿Habrá algo en el Hotel Hadley, donde se aloja su
ex amada, que pueda dar mayor sentido a su vida?
Pero Cenizas
de amor no es una historia de amores adúlteros, sino un film que sondea con
mano tersa la personalidad de sus personajes a la búsqueda de pruebas genuinas
de su felicidad. Y Harry, mostrando una lucidez que solo parecía estar
aletargada bajo su capa de sopor cotidiano, comprende el significado de las
palabras que le dedica Marvyn, la mujer a la que amó en días ya remotos y a la
que es probable que siga queriendo aún:
“Cariño, no
podemos volver atrás. No habría funcionado.”
No, el pasado no puede repetirse, subraya la prosa poética fílmica de Vidor, pero a veces ayuda a valorar más justamente el presente, por muy desapasionado que éste parezca. Y en su apacible normalidad, desenmascarada la inconsistencia de esas cenizas de amor, Harry, el caballero de Boston, descubre que es un hombre dichoso y que la vida que ha vivido, y que seguirá viviendo junto a Kay, es la más perfecta posible para alguien como él.
Autor del poema: William Butler Yeats
Traducción
© al español: Ricardo José Gómez Tovar
|
All things uncomely and broken,
all things worn out and old, |
Todas las
cosas desgarbadas y rotas, todas las cosas gastadas y viejas, |
||
|
The wrong of unshapely things is a
wrong too great to be told; |
El mal de las
cosas desgarbadas es un mal demasiado grande para ser contado; |
La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon,
1949) es el segundo título que compone la Trilogía de la Caballería del genial
John Ford y el único filmado en color. Este magnífico western está ambientado
en los días siguientes a la desastrosa batalla de Little Big Horn y nos
presenta a un John Wayne convenientemente envejecido para su papel: el del
capitán Nathan Brittles, un veterano oficial de caballería a quien tan solo le
quedan seis días para jubilarse. Pero su última de semana en el cargo no le
resultará nada fácil, ya que Brittles debe enfrentarse a dos serios problemas:
atajar las incursiones protagonizadas por grupos de indios en pie de guerra
tras la aplastante victoria de Toro Sentado sobre el general Custer e impedir
que sus dos primeros oficiales, los tenientes Cohill (John Agar) y Pennell
(Harry Carey Jr.), se peleen por conseguir que la guapa sobrina del comandante
del fuerte, la coqueta Olivia Dandridge (Joanne Dru), luzca una cinta amarilla
en el pelo como señal de compromiso con alguno de ellos.
El espectacular uso del Technicolor a cargo del operador Winton C. Hoch le valió el óscar a la Mejor Fotografía, galardón especialmente merecido por la escena en que la comitiva de carros atraviesa el inmenso paisaje de Monument Valley en mitad de una amenazadora tormenta eléctrica, mientras se lleva a cabo la operación de un soldado herido. “She Wore a Yellow Ribbon”, basada en los relatos War Party y The Big Hunt, de James Warner Bellah, publicados en la revista The Saturday Evening Post, es una obra maestra del cine que acusa, con su ritmo apacible y melancólico, la influencia del pintor Frederic Remington en la estética del western fordiano. Los tonos anaranjados y rojizos de la puesta de sol, que no se habían visto en un western desde el estreno de la inolvidable “Duelo al sol”, cuatro años antes, combinan perfectamente con el color de la tierra arcillosa donde se alza el fuerte de caballería. El director ya había experimentado anteriormente con el color en Corazones indomables (Drums along the Mohawk), en 1939, con excelentes resultados artísticos.
La película, producida por
Argosy Pictures y escrita para la pantalla por el guionista Frank S. Nugent,
contaba con memorables actuaciones de otros intérpretes habituales en la
cinematografía de John Ford, como es el caso de Mildred Natwick, en el papel de
Abbey, la mujer del comandante; Ben Johnson, como el sargento Tyree; y Arthur
Shields en el papel del médico irlandés del destacamento. Todos ellos se
encargaron de dar vida a una galería de personajes que siguen resultando
inolvidables para cualquier aficionado al cine. Como confiesa el personaje de
Robert Redford en Habana, de Sidney
Pollack: “Me encantan las películas del
oeste. No sé qué tienen que ver con nada, pero me gustan”. Desde este blog
suscribimos enteramente sus palabras, sobre todo cuando nos hallamos ante un
western de la magnitud de La legión
invencible.
Se llamaba Edward Estlin Cummings, aunque para la posteridad será siempre conocido como E. E. Cummings (1894-1962). Le gustaba utilizar una puntuación muy sui generis, con abundancia de minúsculas, en la que experimentaba gráficamente con la poesía, como los surrealistas y creacionistas habían hecho años atrás. Pero, por encima de sus experimentos estilísticos, Cummings fue un poeta provocador que trató temas profundos y al que no le faltó tampoco el espíritu romántico de los grandes líricos. Este precioso poema, publicado en 1952, así lo demuestra.
Llevo tu corazón conmigo (lo llevo dentro de
mi corazón)
nunca estoy sin él (dondequiera que yo voy, tú
también vas, amor mío); y todo lo que hago por mí mismo es obra tuya, amada
mía.
No temo al destino (pues tú eres mi destino,
dulce amor)
no deseo ningún mundo (pues tú eres mi
mundo, preciosa, mi verdad)
y tú eres todo lo que una luna siempre ha
querido ser y todo lo que un sol cantará siempre.
He aquí el más profundo secreto que nadie
conoce (he aquí la raíz de la raíz y el brote del brote y el cielo del cielo de
un árbol llamado vida; que crece más alto de lo que el alma puede esperar o la
mente puede ocultar) y éste es el prodigio que mantiene las estrellas
separadas.
Llevo tu corazón (lo llevo en mi corazón)
i carry your heart with me(i carry it in
my heart)i am never without it(anywhere
i go you go,my dear;and whatever is done
by only me is your doing,my darling)
i
fear
no fate(for you are my fate,my sweet)i want
no world(for beautiful you are my world,my true)
and it’s you are whatever a moon has always meant
and whatever a sun will always sing is you
here is the deepest secret nobody knows
(here is the root of the root and the bud of the bud
and the sky of the sky of a tree called life;which grows
higher than soul can hope or mind can hide)
and this is the wonder that's keeping the stars apart
i carry your heart(i carry it in my heart)
Autor del poema: E.E. Cummings
Extraído de la obra: Complete Poems: 1904-1962
© Versión en español de Ricardo José Gómez Tovar
La magnífica Olivia de Havilland
(1916-2020), que en gloria cinematográfica esté, fue protagonista de numerosos
clásicos del Hollywood dorado. Hermana de la también excelsa Joan Fontaine,
pareja fílmica inseparable del legendario Errol Flynn y especialmente dotada
para los registros más dramáticos, lo que no quiere decir que no brillase en
comedias como “Es amor lo que busco (It's Love I'm After, 1937)” o “La hija del
embajador (The Ambassador’s Daughter, 1956)”, Olivia nos ha dejado a una edad
absolutamente prodigiosa en busca de aires más sanos que los que se respiran
últimamente en este atribulado planeta. No te lo reprochamos, querida Olivia,
porque estamos seguros de que añorabas intensamente el Hollywood que te dio a
conocer en las pantallas de todo el mundo. Y es que el inmortal celuloide que
la actriz ayudó a crear con sus memorables interpretaciones ya es cosa del
pasado y nunca más se repetirá. Por parafrasear el título de una de sus
películas más célebres, esa forma de hacer cine con anhelos de posteridad
directamente “se fue con el viento”. Esperemos que Olivia también se marchara
así, arrastrada suavemente hacia el Olimpo del Star System por una ráfaga de
viento de atrezzo.
Además de ser la sufrida Melania
de “Lo que el viento se llevó”, la amargada Catherine Sloper de “La heredera” o
la dulce Lady Marian de “Robin de los Bosques”, títulos que le dieron un
merecido prestigio, Olivia también encarnó papeles muy interesantes en su
madurez. Uno de los más recordados fue en “Luz en la ciudad (Light in the
Piazza, 1962), preciosa película dirigida por Guy Green donde interpretaba a la
señora Johnson, una norteamericana acaudalada que, durante un viaje a
Florencia, ve con preocupación cómo su hija Clara (Yvette Mimieux) vive un
inocente romance con un joven italiano de buena posición, Fabrizio Naccarelli
(George Hamilton).
¿Qué puede haber de malo en
semejante relación, hallándose los dos en la hermosa ciudad renacentista y con
el dulce verano como estímulo de los enamorados? La respuesta es que Clara,
aunque de apariencia perfectamente normal, sufre un retraso mental como
consecuencia de un accidente de equitación ocurrido años antes. Su mente de
niña no ve nada censurable en el modo gentil y amable en que el apuesto
Fabrizio se dedica a cortejarla, siguiendo a ambas damas por las calles
florentinas y sobornando al portero de su hotel para que le informe de los
restaurantes donde comen diariamente.
La actriz compone un papel emocionante
como la entregada madre que intenta dar la oportunidad a su hija de conocer
otro tipo de felicidad antes de ceder a los drásticos planes de su marido Noel
(Barry Sullivan), un industrial de corazón frío que pretende internar a Clara
en una institución mental, como si no hubiese otro destino más afortunado para
la joven. Basada en la excelente novela homónima de Elizabeth Spencer, “Light
in the Piazza” es una historia para todas las estaciones que contó, además, con
el protagonismo de Rossano Brazzi, imprescindible en este tipo de producciones
de ambiente italiano. Siempre recordaremos a la Olivia de Havilland de los años
60 como Meg Johnson, la maravillosa madre que, tal como afirma su personaje en
la escena final, está segura de “haber hecho lo correcto” para que su hija no
renuncie a la posibilidad de ser feliz con otro ser humano.