sábado, 22 de diciembre de 2012

Tiéndeme una cuerda, hermano



Asomado al balcón, dejó caer atados a una cuerda los dulces que aquella Navidad, por decisión propia, se abstendría de comer hasta que en el horizonte ya invernal volviese a brillar una luz repartida equitativamente entre todos. Mientras veía descender lentamente los suculentos productos navideños, escuchó un siseo parecido al que él emitía y, levantando la vista, contempló al vecino de enfrente hacer lo mismo, con la única diferencia de que las viandas atadas a su cuerda eran embutidos surtidos. Ambos se miraron a los ojos y sonrieron al descubrir una faceta en el otro que jamás habrían sospechado. En aquel momento llegó a oídos de los dos otro siseo procedente del bloque de la izquierda y se volvieron al unísono para contemplar lo que ya suponían, seguido de un nuevo siseo surgido del edificio de la derecha. Regalos sin abrir, quesos aún no partidos en rodajas, piñas de cuerpo entero, melocotones en lata y turrones tanto duros como blandos fueron cubriendo gradualmente las fachadas de todas las casas de la manzana hasta bien entrada la madrugada.

Un mendigo que dormía al raso se despertó de repente y, al ver los edificios tapizados con cuerdas cargadas de alimentos y regalos, creyó que acababa de amanecer en el Paraíso.