jueves, 4 de octubre de 2012

El censor, el alumno y Botticelli


Sorprendido absorto en la Venus de Botticelli, el muchacho alegó:


–Me atrae su belleza.


–¡Te atrae su sensualidad! –corrigió el censor–. ¿Negarás tu deleite al contemplar su seno descubierto?


–No, señor.


–Entonces has pecado de lujuria.


–Y la dulzura de su mirada, el viento echando hacia atrás sus cabellos, ¿no es eso también belleza?


–Nada de sofismos. Un pecado es un pecado. No disfracemos la lujuria de belleza.


El muchacho cerró el libro y revivió en su memoria los delicados rasgos de la Venus, la perfección de su cuerpo. Era bello pecar, inocentemente, sin saber qué era el pecado…