lunes, 16 de abril de 2012

THE FEAR GLASS SHATTERS


The ceiling of the room grew a few inches higher and the walls seemed to widen strangely, as if they had just acquired the secret knowledge leading to the conquest of gravity or the challenge of volumes and dimensions. No one moved and everyone winced with swimming heads and swaying minds, their mouths gaping at the strange phenomenon that their eyes were watching. “The Earth is shaking”, one of the voices cried. “No, it’s the sky which is lowering”, said another. Faces became stolid with fear, anxious with uncertainty and the colour vanished from almost all cheeks. What rational explanation could be found for such a strange thing? Wasn’t the room bigger now by all accounts? Weren’t the walls wider than they were a few minutes ago? The party that peopled the room, made up of two women and three men, more than half of them in their cups before the unaccountable phenomenon took place, exchanged baffled glances and giggles that clamorously failed to shrug the matter off. Too much had changed in too short an interval. An eternity enclosed within an instant. The ones who seemed tipsier put the whole thing down to the dizziness that had overcome them as soon as the strong wine and fancy liqueur hit their veins and said that there was nothing wrong with the fact of the room having expanded in every direction. On the contrary, the sober members of the party announced dramatically their helplessness and the danger that they were exposed to, without saying exactly what made them feel threatened or endangered. Only one of the latter, a girl who hardly ever said a word, and who had taken in just a drop of the weakest concoction served during the party, remained calm and composed.
 

“Maybe we have shrunk, and that’s why the room looks bigger and the walls wider to us”, remarked the silent girl.

“What do you mean by that?”, inquired an angry lady with dipsomaniac eyes, her trembling lips betraying the discomfort she felt at such a wild remark.

“I don’t know how to put it precisely”, replied the girl, “but perhaps we have grown too fearful and gloomy lately. We have grown so accustomed to taking such a dim view of things that somehow it’s like we have shrunk ourselves. The room is the same as before, but we have grown smaller through negative thinking”.

The girl stopped at that. She seemed to be exhausted from having discussed the matter at length and now she relapsed into her former quiet ways. The angry lady stood still for a moment, her anger gradually abating as she reflected on the girl’s words. She probably was right. Blackness pervaded most conversations, low spirits prevailed among people when meeting other people, preventing them from making an effort to cheer up even under the bright perspective of sunny skies and a warm breeze to match. That sinking feeling transmuted into that shrinking feeling. Financial crisis merged with emotional bankruptcy, leaving everyone shortchanged as far as hopes and illusion were concerned. “It’s true”, finally erupted the angry lady. “We have shrunk through seeing only ugliness and despair, through concealing beauty and the bright side of things!”.

Now that the silent girl and the angry-looking lady shared a similar line of thought, the room did not look so much bigger to them as to the other people occupying it, who clang to their highballs for comfort or cowered in corners with closed eyes to numb their awareness of an extraordinary fact they failed to understand. These people, whose befuddled condition was not so much the result of the alcoholic beverages they were steeped in as the outcome of constantly thinking for the worse, were now watching the other two intently. Nonsensical sounds emanated from their lips, as if they tried to articulate words that their minds could not focus on letting out. One of them, a young man with a daring manner who fancied himself a poet, rose up from the stool on which he was seated and, dropping his glass, adressed the shy girl saying: “I now shatter my drinking vessel to a freethinker’s health!”

The remaining party, as if just startled out of a nightmarish dream, started to knock about the room aimlessly. They did not seem to be as drunk as they were a few minutes before and, what is more, they did not seem to find the room any bigger or the walls any wider now. The quiet girl eyed them one by one as if she were daubing them with a coat of warmth or layering them with a crust of glee. She remained silent all the while, a high priestess conducting rites of high hopes among her devoted followers. It was at that very moment that the aspiring poet proposed his toast to the freethinker’s health again and was joined in it by all the members of the recently-established congregation. If the room resumed its former dimensions nobody noticed it, probably because all of them had grown too big for such a small change to leave an impression on them.





Los añicos del miedo


El techo de la habitación creció unos cuantos centímetros en altura y las paredes parecieron ensancharse extrañamente, como si acabasen de adquirir el conocimiento secreto que conducía a la conquista de la gravedad o al desafío de volúmenes y dimensiones. Nadie se movió y todos hicieron un gesto de dolor. La cabeza les daba vueltas, la mente les oscilaba de un lado a otro y todos permanecían con la boca abierta contemplando el extraño fenómeno que presenciaban. “La tierra está temblando”, gritó una de las voces. “No, es el cielo, que se ha bajado”, dijo otra voz. Los rostros se volvieron estólidos a causa del miedo, se tiñeron de la ansiedad propia de la incertidumbre y el color se desvaneció de casi todas las mejillas. ¿Qué explicación racional podía existir para un suceso tan extraño? ¿Acaso no había aumentado de tamaño la habitación, se midiera por el rasero que se midiese? ¿Es que las paredes no eran ahora más anchas que hace unos minutos? El grupo congregado en la habitación, compuesto de dos mujeres y tres hombres, más de la mitad de los cuales ya se hallaban en estado de embriaguez antes de que se produjera el inexplicable fenómeno, intercambiaban desorientadas miradas y risas nerviosas que fracasaban estrepitosamente a la hora de restarle importancia al asunto. Había cambiado demasiado en un intervalo demasiado corto. Una eternidad encerrada en un instante. Los que parecían más achispados lo atribuyeron a la sensación de mareo que se había apoderado de ellos en cuanto el fuerte vino y el licor de fantasía entraron en contacto con sus venas y afirmaban que no veían nada malo en el hecho de que la habitación se hubiese ensanchado en todas direcciones. Por el contrario, los miembros sobrios del grupo anunciaron melodramáticamente su sensación de impotencia y el peligro al que se veían expuestos, sin aclarar exactamente qué era lo que les hacía sentirse amenazados o en peligro. Sólo uno de estos últimos, una muchacha que casi nunca abría la boca para decir nada, y que tan sólo había ingerido unas gotas del brebaje más inocuo servido durante el transcurso de la fiesta, permanecía en calma, manteniendo la compostura.

“Tal vez nos hayamos encogido, y por esa razón la habitación nos parece más grande y las paredes más anchas”, observó la silenciosa joven.

“¿Qué quieres decir con eso?”, inquirió una señora airada con ojos dipsómanos, sus temblorosos labios traicionando la incomodidad que sentía al oír una observación tan atrevida.

“No sé exactamente cómo expresarlo con palabras”, replicó la joven, “pero quizá nos hemos vuelto miedosos y sombríos últimamente. Nos hemos acostumbrado a ver las cosas tan negras que, en cierto sentido, es como si nosotros mismos hubiésemos encogido. La habitación sigue siendo la misma de antes, pero nos hemos empequeñecido a fuerza de pensar negativamente”.

La chica se detuvo llegado este punto. El esfuerzo de hablar largo y tendido sobre el tema parecía haberla dejado exhausta y ahora retomaba su forma de ser tranquila. La señora airada se quedó inmóvil durante un instante, y su ira fue amainando gradualmente a medida que reflexionaba sobre las palabras de la muchacha. Probablemente tenía razón. La negrura impregnaba la mayor parte de las conversaciones, el pesimismo prevalecía en los encuentros entre las personas, impidiendo que éstas hicieran un esfuerzo por mostrarse alegres incluso bajo la luminosa perspectiva de un cielo soleado y una cálida brisa que lo complementase. La sensación de que todo se hunde se transmutó en una sensación de que todo se encoge. La crisis económica convergió con la bancarrota emocional, devolviendo cambio de menos en las transacciones de esperanza e ilusión. “¡Es cierto!”, exclamó finalmente la señora airada. “¡Nos hemos encogido al ver solamente fealdad y desesperación, al ocultar la belleza y el lado optimista de las cosas!”.

Ahora que la joven silenciosa y la señora airada compartían una línea de pensamiento similar, la habitación ya no les parecía tan grande como a las otras personas que la poblaban, quienes se aferraban a sus vasos largos de cóctel para reconfortarse o se escondían miedosamente en los rincones de la sala con los ojos cerrados para insensibilizar su conciencia ante un hecho extraordinario que no acertaban a comprender. Estas personas, cuyo estado de confusión no era debido tanto a las bebidas alcohólicas en las que se habían empapado como al resultado de pensar constantemente en lo peor, ahora observaban a las otras dos con atención. Sonidos incoherentes emanaban de sus labios, como si trataran de articular palabras en las que su mente no consiguiese concentrarse lo suficiente como para dejarlas salir. Uno de los presentes, un joven con mirada desafiante que se consideraba a sí mismo poeta, se levantó del taburete en el que estaba sentado y, dejando caer su copa, se dirigió a la muchacha tímida diciendo: “¡Ahora hago añicos mi copa a la salud de una librepensadora!”


Los restantes congregados, como si acabasen de despertarse sobresaltados de una pesadilla, comenzaron a dar tumbos por la habitación sin rumbo fijo. No parecían estar tan borrachos como lo estaban unos minutos antes y, lo que es más, ahora ya no parecían encontrar la habitación más grande ni las paredes más anchas. La chica taciturna les fue contemplando uno a uno como si estuviese rociándolos con una pátina de calidez o aplicándoles una espesa capa de regocijo. Permaneció en silencio durante todo este tiempo, una alta sacerdotisa conduciendo ritos de esperanzas elevadas entre sus devotos seguidores. Fue precisamente en este momento cuando el aspirante a poeta propuso por segunda vez su brindis a la salud de la librepensadora, al que se le unieron todos los integrantes de la recientemente fundada congregación. Si la habitación retomó sus antiguas dimensiones, eso es algo que nadie percibió, probablemente porque todos ellos habían crecido tanto que tan nimio cambio no les produjo impresión alguna.