lunes, 26 de septiembre de 2011

Tony Curtis

El reciente fallecimiento –a los 85 años de edad– de Tony Curtis, exquisito intérprete de alta comedia a quien más de una vez vimos también dar el do de pecho en otros géneros, nos recuerda que afortunadamente nadie es perfecto. Que un chico judío de los barrios bajos neoyorquinos lograse acceder al trono de Hollywood no es más que la constatación de otro Sueño Americano cumplido, del papel soberano que siempre ha jugado la fantasía en el prosaico País del Dólar. Y es que este irrepetible actor, ya fuese enfundado en flamante uniforme militar, ataviado con coraza sajona o vikinga, disfrazado a la moda de las Mil y una Noches y con la tez abetunada para interpretar extravagancias orientales de la Universal, boxeando sin despeinarse o encaramado a lo alto de un trapecio, nació y vivió para hacer Cine, o lo que es lo mismo, para alentar nuestras incombustibles necesidades de ficción. Con su cabello moreno engominado, sus burlones ojos claros, su sonrisa entre seductora y socarrona y su físico fibroso, Curtis se metió al público en el bolsillo y, de paso, aprendió los fundamentos de la interpretación tan habilidosamente que incluso llegó a crear un estilo propio de comedia que le situaría en el Olimpo del género cómico entre los años 50 y 60, junto a actores como Jack Lemmon, Walter Mathau, Jerry Lewis o Bob Hope.

Curtis nació para hacernos reír en películas que nos instaban a la alegría de vivir, como Boeing Boeing, La Pícara Soltera, Vacaciones sin Novia o su más popular colaboración, Con faldas y a lo loco. En todas ellas sus encarnaciones cinematográficas compartían unas señas de identidad constantes –un guapo sinvergüenza que se mete en apuros por cuestiones de faldas– y tanto el planteamiento como el desenlace del enredo en cuestión se enriquecían cada vez con desternillantes variaciones (un soltero empedernido comprometido con tres azafatas al mismo tiempo a costa de un riguroso control de sus horarios de vuelo, el poco escrupuloso editor de una revista de cotilleos que pretende seducir a una virginal psicóloga autora de un libro de sexo, un soldado destinado en Alaska que resulta ganador de un fin de semana con una estrella de cine en París pero que coquetea con la teniente que debe velar por su buena conducta, o un músico con los bolsillos agujereados que debe disfrazarse de mujer para escapar de unos gángsters y se finge millonario con yate para conquistar a una rubia cantante). Pero Curtis era un actor de mayores ambiciones, y aunque reinase en la comedia, luchó por no encasillarse y sacar adelante papeles dramáticos (Chantaje en Broadway, Fugitivos, El Gran Houdini), aventureros e históricos (La Carrera del Siglo, Los Vikingos, Taras Bulba) e incluso psicóticos (El estrangulador de Boston) a costa de afear su cuidada imagen.

No obstante, el galán de suaves maneras creado por Curtis difiere del prototipo de otros leading men de la época en su desarmante vulnerabilidad. El público no deja de sentir simpatía hacia este granuja bien parecido que, las más de las veces, se da un batacazo sentimental o se ve empequeñecido en la pantalla por otros actores más corpulentos. Al igual que el resto de sus semejantes, Tony Curtis no era perfecto. Le faltaba la mirada tímida de Gary Cooper, la estólida impasibilidad de Rock Hudson o la honesta seriedad de Gregory Peck para convertirse en un héroe, pero, vistas hoy día, muchas de las películas que rodó en la pasada centuria se acercan inquietantemente a la perfección.