lunes, 26 de septiembre de 2011

DONDE HABITA EL PELIGRO

El título de este interesante film noir dirigido por John Farrow en 1948 no exagera ni un ápice el contenido argumental que vamos a presenciar: intento de suicidio, enamoramiento doctor-paciente, aparente homicidio en legítima defensa, desesperada huida hacia México agravada por la conmoción cerebral que sufre el protagonista, variopintos encuentros con personajes sórdidos y aprovechados de la América Profunda... además de otras muchas sorpresas que nos depara el guión de Donde habita el peligro (Where Danger Lives). Y es que “peligro” es exactamente la piedra de toque de la película, el polo que articula la relación entre los dos personajes principales, un competente y solicitado médico y una misteriosa joven con tendencias suicidas que, en las luces y sombras del soberbio blanco y negro fotografiado por el especialista Nicolás Musuraca, van intercambiándose los papeles hasta alcanzar una atmósfera de pesadilla y paroxismo. No sabemos si el personaje de Robert Mitchum se enamora del misterio que rodea a la verdadera personalidad de su paciente, de la que sólo conoce un nombre con pocos visos de verosimilitud pero que parece ejercer cierta fascinación sobre él (Margo), o si se trata más bien de un flechazo basado en el sentimiento de lástima que ésta le provoca, un concepto que se explotará con trágicos resultados hacia el final del film. Lo cierto es que este joven médico, de afabilidad tan probada que es capaz de contarle un cuento para dormir a una de las niñas a las que atiende en el hospital sin haber descansado de su turno de 15 horas seguidas, y que parece estar prometido a una de las enfermeras (Maureen O’Sullivan), tira por la borda toda su vida anterior para lanzarse a una devastadora relación con una absoluta desconocida. La inexpresividad de Faith Domergue, entonces protegida del productor Howard Hugues, juega a favor de la credibilidad de su personaje, al que parece interpretar en clave de sonambulismo. De sonámbulo podría calificarse también el comportamiento de su partenaire masculino, que a raíz de la conmoción cerebral que sufre al principio de la película, se mueve con angustiosa torpeza –permanentemente al borde del colapso– por un sendero de auténtica pesadilla y no desea despertarse a la verdadera realidad del personaje de Margo, es decir, a su lado psicótico, habilidosamente ocultado en el film hasta que nos enteramos de él a través de un noticiario de radio. El personaje de Mitchum parece repetir el patrón de conducta pasivo y autodestructivo del Jeff Markham al que encarnó memorablemente en otro gran clásico del género, Retorno al pasado, dejándose arrastrar incomprensiblemente hacia el abismo por una mujer fatal. De hecho, es un médico que paulatinamente se va transformando en enfermo, al compás de la progresión de su conmoción cerebral, hasta quedar prácticamente inmovilizado, mientras que Margo, en un principio enferma anímicamente, oculta un grave desequilibrio que la lleva incluso al asesinato bajo una mente fría y calculadora. En cierto modo, el viaje en coche que ambos personajes emprenden nos trae algunos ecos del Recuerda de Alfred Hitchcock, culminación del thriller psicoanalítico que hacía furor en la segunda mitad de los años cuarenta, si bien en aquel insigne título la psicóloga (Ingrid Bergman) y el esquizofrénico acusado de homicidio (Gregory Peck) contaban con la ayuda de un excéntrico y encantador profesor que les acogía en su casa y, sobre todo, con el genuino amor que se profesaban ambos personajes en un ambiente de intenso romanticismo. Por el contrario, en Donde habita el peligro no es amor lo que encontramos, sino una atracción malsana, simbolizada metafóricamente por esa rosa roja (la fatal Domergue) que aleja al protagonista de la “rosa blanca” (la fiel O’Sullivan, de la que Mitchum afirma –en una espléndida escena en la que contempla el letrero luminoso que resplandece frente al hotelucho donde se alojan, y que lleva el ominoso nombre de Rosa Blanca, en castellano en el original– que “siempre fue muy buena conmigo”). Pero John  Farrow, además de un gran especialista del cine negro, con magníficos títulos como The Big Clock, interpretada por Ray Milland y Charles Laughton, es un cineasta dotado extraordinariamente para la aventura, y en este sentido hay que considerar las aventuras –o más apropiadamente habría que hablar de desventuras– que viven Mitchum y Domergue en su ruta hacia México. Al contrario que en otros títulos clásicos del género, los personajes no llegan nunca a poner el pie en ese México liberador que tan bien retrataría el propio Farrow en una de sus mejores películas, Plunder of the Sun, producida por Batjac, la productora de John Wayne, e interpretada por Glenn Ford, y que mezclaba ambos géneros con admirable pericia, sino que se quedan en la desabrida verja que separa ambas fronteras. El film, fiel a su atmósfera malsana, prefiere encuadrar a sus personajes en los fatídicos y sórdidos límites de los villorrios de mala muerte que se suceden en su camino hacia la frontera, habitados por un microcosmos de seres que no sólo no tienen inconveniente en sacar provecho de la situación desesperada de los dos prófugos (el vendedor de coches, el prestamista, el dueño del circo ambulante) sino que aplican unas leyes innobles a los que cruzan su territorio (el grupo de vaqueros barbudos que pretenden ponerles una multa por no llevar la barba obligada en la fiesta de los “Frontier Days”). Sin duda, Farrow nos ofrece un penetrante retrato de una mente perturbada, pero tampoco es despreciable su aguda disección de los personajes cuerdos y que obran discutiblemente dentro de los parámetros de la ley en la América rural. Ante tanta negrura –y desdiciendo al gran poeta Valery y a su afirmación de que “lo negro no es tan negro”–, al final de la película, el espectador, como el propio Mitchum, no puede sino añorar el mundo del elefante Elmer, el cuento que aquél le contaba a su pequeña paciente al comienzo de la proyección, y deleitarse ante el happy end en el hospital, que propone el reencuentro de dos seres que nunca debieron distanciarse.