lunes, 26 de septiembre de 2011

Dedicado a Claude



Ya desde el momento en que vine al mundo, con aquellos dos seres adultos haciendo bobaliconas muecas inclinados sobre mi cuna, sentí que aquello de ser el centro no debía de estar nada mal. A fin de cuentas, bastaba ofrecerles mi repertorio de gracietas de recién nacido (convenientemente dosificado, claro está, para que no me atosigaran en exceso) para obtener el título de Rey de la Casa.

Este reinado absoluto duró cinco años justos, fecha en la que mi mandato se vio ligeramente amenazado al adquirir mis progenitores un Terrier Schnauzer de pelo corto y pésimo genio, capaz de realizar acrobacias tan insustanciales como llevar el periódico entre los dientes o atrapar terrones de azúcar en el aire. Todo muy deja vú, naturalmente, comparado con mis memorables exploraciones de la casa a gatas, mis prístinos borboteos de palabras, mis emocionantes primeros pasos o mi primera y entrañable caída de la silla. Lógicamente, no podía consentir que me relegaran a un segundo lugar, por lo que resolví enseñarle al perro, que por otra parte nunca llegó a resultarme antipático, quién era el que mandaba en casa. La cosa sucedió poco más o menos así:


Senador, ven aquí”, le ordené cierta tarde que yo me entretenía apilando una torre de figuras poliédricas. El perro se sentó sobre sus patas traseras y sacó la lengua para mostrarme que estaba contento. “¿Ves esta torre, Senador? La he construido yo. Tú nunca podrás hacerlo. Yo soy más listo que tú, ¿comprendes, Senador?” El Terrier alargó una pata y rezongó afirmativamente. Después arremetió contra la edificación y se metió entre los dientes un rectángulo de color amarillo. El animal había reconocido la inteligencia y se sometía a ella. Le acaricié el lomo para expresarle mi conformidad y permanecimos tan amigos desde entonces.

A los 7 años, descubrí que podría ampliar mi estrellato a otro entorno, además del hogar en el que ya era dueño y señor. Me refiero al colegio. Cuando la maestra explicaba la lección, lo hacía mirándome siempre a mí. Siempre era yo quien debía intervenir después de que los otros hubieran fallado la pregunta de turno lanzada al aire. Si había que leer en voz alta, lo acababa haciendo yo ocho de cada diez veces. Presumirá acaso el lector que, habida cuenta de mi excelencia en el aula, tendría garantizada la animadversión de mis condiscípulos. Nada más lejos de la verdad, y para ilustrarlo, valga una anécdota que, aunque me esté mal decirlo, encuentro particularmente irresistible:

Un día, en clase de Geografía e Historia, el profesor preguntó: ¿Dinamarca y la Península de...? Silencio. Ni el vuelo de una mosca. El maestro volvió a la carga: ¿Península de...? Escudriñó la clase con gesto de desprecio hasta detenerse en la asustadiza mirada de Henrietta, la niña que se sentaba en el pupitre detrás del mío.

Por supuesto, podría haber levantado la mano y dar la respuesta correcta. Sin embargo, preferí obrar con caballerosidad (la niña en cuestión me era muy grata, todo hay que decirlo) y prestarle mi desinteresada ayuda. A tal efecto, apoyé mi mentón sobre la palma de la mano, sosteniendo el puño cerrado bajo la oreja, de tal manera que Henrietta pudiese leer en mis dedos la palabra que ignoraba y que yo había escrito en ellos de la siguiente y singular manera:


Dedo pulgar: J
Dedo índice: UT
Dedo corazón: LAN
Dedo anular: DI
Dedo meñique: A


¿Original, verdad? Y con sólo 7 años. Sin embargo, ser un triunfador a tan temprana edad también tiene sus desventajas. Me refiero a la envidia intelectual de algunos adultos. No es fácil aceptar a un genio que no pasa del metro treinta, y para ciertas personas presuntamente cultivadas constituye incluso un permanente motivo de mortificación, pero como veremos en las próximas líneas, también entonces supe salir hábilmente del paso.

Con 9 años y medio, mi padre me llevó a una tienda de música para que eligiera el instrumento que más me gustara. Desechadas la flauta, el violín y el clarinete, me senté frente a un piano de cola Steinway. A mi lado se acomodó sobre un taburete el individuo que regentaba el establecimiento. Me dio una palmadita en el hombro y dijo: “Pequeño, te voy a enseñar a interpretar una pieza que les encantará a tus amiguitos. Y comenzó a tocar Frère Jacques. No sé qué pensarán que había estado haciendo hasta entonces, pero cada vez que mi madre escuchaba a Chopin en el tocadiscos, yo escuchaba más atentamente todavía. Aún me parece estar viendo la avinagrada expresión que adquirió el semblante del vendedor cuando empecé a interpretar La Varsoviana: allegro, andante, allegro. Era una pieza que me sabía de memoria. Ni que decir tiene que el piano lo trajeron a casa al día siguiente y que se me adjudicó un profesor particular al que, seis meses más tarde, ya superaba en las escalas. El pobre hombre, a la vista de los hechos, decidió despedirse. Resulta curioso que la última partitura que me hizo estudiar fuese la Tocata y Fuga de Bach.

Pero la vida sigue. Y a los 15 años, mis padres me matricularon con carácter de excepción en la Sorbona. El alumno más joven en toda la historia de la institución. ¿Qué les parece? Decidí dar trabajo a los dos hemisferios de mi cerebro y cursar dos carreras a la vez, una de ciencias y otra de letras. En Matemáticas, hallé conmutaciones y variaciones aritméticas que nadie había encontrado hasta entonces. En Filosofía, inventé mi propia doctrina de pensamiento: el “Solismo”, una avanzada y particular concepción de la vida que me convirtió en el favorito de la facultad. Me gradué “cum laude” en ambas disciplinas, por supuesto, y justo cuando me disponía a...

Soy Henrietta, la niña que se sentaba detrás de Claude, el hasta ahora narrador de esta historia. Él todavía no lo sabe, pero me he mudado al piso enfrente del suyo para estar más cerca de él. Nunca olvidaré aquel día en que me sopló la respuesta en clase de Geografía. ¡Fue tan gentil! Vive solo en una buhardilla, con su perro. Me parece que es un Terrier. Se oyen los ladridos desde mi apartamento, pero no me molesta porque se trata del perro de Claude. Algunas veces escucho a Claude declamar en voz alta. Creo que da conferencias en la Sorbona. La palabra que más repite es “soleísmo” o “solismo”, que no sé qué significará, la verdad. Claude siempre ha sido tan ingenioso. También me fascina oírle tocar el piano. Esas notas tan románticas y apasionadas me ponen la carne de gallina. ¡Shhhhh!, creo que va a empezar uno de sus conciertos. Guardemos silencio...

Ya sé que no van a creerme, pero soy yo, Senador, el Terrier Schnauzer de Claude. Claro que eso de Terrier y Senador es una catalogación dada por los humanos. Yo soy simplemente perro. Sin embargo, como a los humanos les hace tanta gracia ponernos nombres, transigimos. ¿Qué más da? Son pequeñas concesiones. La mayoría de ustedes piensa que no hablamos, aunque se trata más bien de que no comprenden lo que decimos. Ladrido es un eufemismo para definir un idioma que escapa a su comprensión. Tomemos el ejemplo de alguien que no entiende ruso (cualquiera de ustedes, supongo). Seguro que nunca se les ocurriría decir que un ruso ladre. Excentricidades de los humanos. Nosotros también tenemos las nuestras. Si he tomado el relevo de la narración es para revelarles un dato sobre Claude que nadie excepto yo conoce y que acrecentará su admiración por él. Habrán notado que nunca utilizo la palabra “amo” para referirme a Claude, y eso es porque se trata de un término “tabú” entre nosotros. Cuando algún humano la pronuncia, cerramos los ojos o miramos hacia otro lado. Claude, que es un ser humano especial, se dio cuenta de ello una tarde en que yo intentaba tirar de él hacia un terraplén salpicado de botas viejas y desvencijadas. Es algo que nos encanta, morder el calzado viejo. Dennos unas zapatillas de cuadros que pertenecieron a sus abuelos y les seremos fastidiosamente fieles. Claude no quería que yo me ensuciara, pensamiento que le honra, por otra parte, así que tiró a su vez de la correa para impedírmelo, al tiempo que me gritaba repetidamente: ¡Yo soy el amo, Senador! ¡Ven aquí! Y cuando vio que cerraba los ojos la primera vez y que miraba hacia otro lado la segunda, comprendió que la palabra en cuestión me molestaba y no la volvió a pronunciar más. Ese es Claude. La delicadeza personificada. Y qué difícil debe ser mantener el equilibrio cuando se es un genio como él.

Bueno, ahora debo dejarles. Ha terminado el concierto. No es que me disguste Chopin, pero siempre preferiré a un Mahler o a un Brahms.

Sí, a los perros nos gusta Brahms. A alguien tenía que gustarle, ¿no?

Solismo: Revolucionaria doctrina filosófica contemporánea, ideada por el insigne y brillante profesor Claude Jouvert, cuyo principal axioma es: “Sólo sabemos lo que decimos cuando hablamos de nosotros mismos”.