LA CASA DE LOS CUATRO PUNTOS CARDINALES

sábado, 2 de mayo de 2015

LOS QUE NACEN EN EL CREPÚSCULO

Empezamos al acabar el día,
enjugando las horas que no habíamos gastado,
y en tu hombro sin brillo, vi reflejada la vida
que íbamos a vivir, nuestras futuras moradas, brillantes de felicidad,
portales anímicos de días que nunca agotarían su caudal.


Y volvimos a empezar al día siguiente, gastando unas pocas horas
de ese caudal que ya nunca se secaría, y en él vimos discurrir
el alma de los dos, cruzando el portal, envolviéndonos abrazados
en el mundo al que queríamos nacer, al caer el sol, brillando tu hombro
con las perladas lágrimas de la corriente, conmovida por nuestra paz.



pintura de Vincent Willem van Gogh


Empezamos al acabar el día, como habíamos nacido ayer,
mirándonos a los ojos, y más allá, descalzos sobre una alfombra tersa,
Luna y Sol entrelazados, dos astros calzados en una sola alma,
coleccionistas de horas inagotables de felicidad.



Autor y Copyright: © Ricardo José Gómez Tovar


viernes, 9 de enero de 2015

Thank you, Mr. Taylor

Hace aproximadamente diez años, tuve la oportunidad de escribir una carta a Rod Taylor en la que le comentaba los aspectos que más admiraba de su interpretación en algunas de sus películas. Para mi sorpresa, y sin que yo lo solicitara (nunca he sido perseguidor ni coleccionista de autógrafos de ninguna clase), el simpático actor australiano me remitió un par de fotografías dedicadas que aún conservo con cariño en uno de los álbumes de casa. Este entrañable intérprete que acaba de dejarnos es un rostro familiar para quienes disfrutamos como niños, y desde que éramos niños, viendo películas producidas en la Edad Dorada del cine. Al igual que otros actores de la época, Mr. Taylor siempre será para nosotros un miembro más de la familia, ese tío, hermano o primo de celuloide al que visitamos frecuentemente o que se deja caer por nuestro salón con cada visionado. El “tío Rod” se ha ido justo cuando estaba a punto de cumplir 85 años, pero deja a sus espaldas un maravilloso legado a través de un ramillete de películas inolvidables. El Taylor que llegó a Hollywood desde las Antípodas coincidió con la Taylor de los ojos violeta en dos de sus primeras películas: Gigante y El árbol de la vida, espectaculares sagas familiares donde la presencia cinematográfica de Rod, aunque en cometidos de secundario, ya se dejaba notar. Su naturalidad ante las cámaras no pasó desapercibida a los cazatalentos de la MGM, que le pusieron gafas para la ocasión y le hicieron figurar como novio de Debbie Reynolds en El banquete de bodas (1956), le sentaron a una de las mesas separadas de la película homónima de Daniel Mann o le animaron a jugar a la alta comedia con David Niven y Shirley MacLaine en Todas las mujeres quieren casarse (Ask any girl, 1957).


Pero la carrera de Rod probablemente habría tardado más en florecer si George Pal no le hubiese brindado una oportunidad de oro como protagonista absoluto de la adaptación de la novela de H.G. Wells La máquina del tiempo, que en España se tituló El tiempo en sus manos (The Time Machine, 1960), en una recreación que pasaría a la historia por su encanto intemporal. Después de rescatar a la rubia Yvette Mimieux de las garras de los Morlocks, nuestro homenajeado encarnaría papeles de muy diferente índole a lo largo de la década de los 60, aunque siempre en su vena habitual alejada de todo divismo: el abogado Mitch Brenner de Los pájaros, su película más célebre, donde se enfrentaba a una inquietante invasión alada junto a Tippi Hedren; el dramaturgo irlandés Sean O’Casey en El soñador rebelde (Young Cassidy, 1964), a las órdenes de John Ford y Jack Cardiff; el policía australiano que debe proteger al alto comisionado de su país en el Swinging London de Nadie huye eternamente (Nobody runs forever, 1967); el coronel de una base militar estadounidense que debe soportar el perfeccionismo neurótico de su superior, interpretado por Rock Hudson, en Nido de águilas (A gathering of eagles, 1963); o el piloto de aerolínea preocupado por dejar al mundo algo digno de valor antes de que su avión se estrelle en circunstancias misteriosas en Los pasos del destino (Fate is the hunter, 1963). Entre medias, Taylor pasó un “domingo en Nueva York” de la mano de Jane Fonda, fue el asesino a sueldo incapaz de El liquidador, comedia negra donde le secundaba Trevor Howard, y ejerció como científico encargado de supervisar el “proyecto Venus” en Una sirena sospechosa (The glass bottomed boat, 1966), divertidísima parodia de la Guerra Fría a cargo de Frank Tashlin donde tenía como pareja a Doris Day, con quien ya había compartido cartel en la comedia sofisticada Por favor, no molesten (Do not disturb, 1965); como pistolero solitario en Chuka, un western de atmósfera claustrofóbica que giraba en torno al asedio de un fuerte comandado por el británico John Mills; y como convincente director de un vetusto hotel de Nueva Orleans en la poco apreciada Intriga en el gran hotel, dirigida por Richard Quine en 1967. La televisión también tentó a nuestro hombre de Sidney, quien protagonizó la serie de aventuras Hong Kong en 1960, en la que interpretaba a un corresponsal, y también apareció como actor invitado en otras muchas series de la década. Por si esto fuera poco, hasta se atrevió a ponerle voz a un personaje de dibujos animados, el perro Pongo, en la producción Disney 101 dálmatas.


A pesar de los titulares que así lo anuncian con tan poco tacto, tengo la impresión de que Rod Taylor no se ha marchado, sino que simplemente se ha subido a su máquina del tiempo y, aprovechando que el cielo se ha abierto, como rezaba el título del episodio que interpretó en 1959 para la serie En los límites de la realidad (The Twilight Zone, dirigida por otro Rod, en este caso Serling), se ha dado un paseo hasta el futuro remoto para comprobar que, afortunadamente para todos nosotros, los pájaros nunca han sido ni serán jamás como los pintó la turbia mente de Hitchcock. O tal vez, parafraseando el título de una de las películas en las que intervino a finales de los años 60, tan solo ha decidido tomar el último tren a Katanga.

Sea como sea, buen viaje hacia ese Olimpo al que pertenece por derecho propio y hasta siempre, Mr. Taylor… 

sábado, 27 de diciembre de 2014

La esperanza es esa cosa con plumas

Mi traducción de este bello poema de Emily Dickinson, con esperanzas de que el nuevo año que se avecina, 2015, sea muy parecido a lo que dice el texto.



La esperanza es esa cosa con plumas
que se posa sobre el alma
y entona la melodía sin palabras
sin jamás cesar en su canto.

Y es el sonido más dulce en plena galerna,
pues feroz tendrá que ser la tormenta
capaz de consternar al pajarillo
que a tantos abrigó con su calor.

En las tierras más gélidas lo he oído,
y también en el mar más extraño,
mas nunca, ni siquiera ante la necesidad,
exigió una sola migaja de mí.






“Hope” is the thing with feathers


“Hope” is the thing with feathers -
That perches in the soul -
And sings the tune without the words -
And never stops - at all -

And sweetest - in the Gale - is heard -
And sore must be the storm -
That could abash the little Bird
That kept so many warm -

I’ve heard it in the chillest land -
And on the strangest Sea -
Yet - never - in Extremity,

It asked a crumb - of me.