LA CASA DE LOS CUATRO PUNTOS CARDINALES

viernes, 13 de noviembre de 2015

DE COLOSO A LLAMAS

El Coloso de Cinecittà me miraba con su aire de vieja gloria cada vez que surcaba el umbral de los estudios cinematográficos de la Ciudad Eterna. Yo era consciente de que sus conocimientos de cine eran muy superiores a los míos, artífice de ínfimas producciones que jamás pasarían a la posteridad, ni tampoco podía olvidar que había presidido con su letárgica grandeza el rodaje de Ben Hur y escuchado las palabras “¡Acción!” y “¡Corten!” pronunciadas por nombres míticos del Séptimo Arte. Probablemente por esa razón, tan pronto como obtuve mi primer sueldo de operador de cámara, decidí rodar un cortometraje de gladiadores con un presupuesto ridículo otorgándole todo protagonismo. Ciertamente, el Coloso no poseía el deslumbrante glamour de aquel gladiador de origen tracio, el Espartaco de pelo engominado y perfil granítico hollywoodiense que se había paseado con aire triunfal por aquellos lares, pero parecía emanar una serenidad universal de su estoico semblante. Yo quería demostrar en mi experimento con celuloide que aquella representación pétrea de gladiador valía tanto o más que los Mesala de imponentes carros y atlética presencia, aunque careciese de un rostro fotogénico y una voz propia. A decir verdad, ni siquiera se le había dado la oportunidad de hacer las veces de Coloso de Rodas en cualquier peplum, tal era el olvido de que había sido objeto. Recordando su inmensa presencia en las anchuras del Cinemascope, fui dando la orden de conectar los focos y maquillar ligeramente sus rasgos de arcilla para que estos resaltaran en vibrante technicolor. Charlton y Kirk abandonaron la platea al unísono cuando descubrieron lo que me proponía hacer con su competidor mudo. A través del megáfono les grité: “¿Quo vadis?”, pero no recibí contestación alguna por su parte. A falta de un Julio César o un Marco Antonio que impusieran el derecho romano en aquel circo, no tardaron en seguir el camino de Heston y Douglas los cientos de extras vociferantes que abarrotaban las gradas. En la arena yacían intactos los atributos de los gladiadores de Capua que habían tomado las de Villadiego, dejando entrever en el dorso de una red volcada sobre un casco de falso bronce el logotipo de la MGM. La cámara fue describiendo entonces una panorámica del anfiteatro vacío hasta descender en suave picado sobre el Coloso, que no había cambiado ni un ápice de posición al constatar el éxodo del que podría haber sido su amado público. “La suerte está echada”, sentenció el director de fotografía (es decir, yo mismo), al medir la iluminación de la escena. Ahora solo me restaba encender la antorcha que sostenía la descomunal estatua. Mientras ardía por los tiempos pasados, aguantó un primerísimo primer plano.    

martes, 29 de septiembre de 2015

LA CABALGADA DE BILLY BROLIN


 I.
Los tres jinetes parecían ser parte permanente del paisaje árido y polvoriento que llevaba recorriendo desde hace varios días. Cabalgaban lo suficientemente lejos como para que no acertara a distinguirlos, pero lo suficientemente cerca como para saber que estaban ahí. Billy Brolin se restregó un pañuelo por la frente y constató con desagrado su propia suciedad. Necesitaba urgentemente llegar a esa ciudad que ya se perfilaba al otro lado de las lomas. Habían sido cuatro días de viaje a lomos de un caballo que le había ido gradualmente sorprendiendo por su resistencia, una montura por la que no hubiera apostado en ninguna carrera de velocidad pero que había demostrado una fortaleza admirable. Cuatro días en los que no le había faltado la compañía de su desconocido séquito. Billy Brolin echó una mirada a sus perseguidores antes de volver grupas hacia el villorrio que pronto le cobijaría. Un buen trago de whisky disiparía esa naciente inquietud que empezaba a sentir.





II.
Aquel alcohol de quemar nunca le había sabido tan bien. De un sorbo, todas las penurias del viaje quedaron borradas. Esa misma noche habría actuación de unas atractivas coristas recién llegadas de Abilene, y el barman le había asegurado que aquel salón ahora semivacío se llenaría hasta los topes. En medio de semejante anticipo de euforia, Bill Brolin se acordó de algo menos agradable. Mientras indicaba que le sirviesen otra dosis de lo mismo, se acercó hasta las puertas y asomó su rostro, ennegrecido por la barba, al exterior. Un grupo de chavales jugaba a echar el lazo a una figura de madera.
–Eh, muchachos, ¿queréis ganaros medio dólar cada uno por hacer lo que yo os diga?
–¿De qué se trata, señor? –inquirió el más avezado con la mirada brillante de curiosidad.
–Simplemente quiero que tengáis los ojos bien abiertos. Si veis a tres jinetes entrar en el pueblo, corred a avisarme. Ahora estoy en el salón y, dentro de un rato, pasaré por la barbería y la casa de baños.      
El muchacho asintió con gesto serio y se reunió con sus compañeros. Brolin pensó que le recordaba un poco a él mismo, no hacía tanto tiempo.

III.
El rostro que le devolvió el espejo era el de otra persona. Afeitado, recién bañado y con aquella comida caliente que le había devuelto el vigor a su cuerpo, Billy Brolin podría enfrentarse con cualquier cosa. Mientras se abrochaba la guerrera, echó un vistazo a la calle principal. Ni rastro de aquellos jinetes. Los muchachos tampoco le habían dado ningún chivatazo al respecto, por lo que todo apuntaba a que podría pasar su primera y última noche en aquella localidad de Arizona en medio de una algarabía etílica al compás de los insinuantes movimientos de tan prometedoras coristas. Justo en aquel momento, alguien llamó a su puerta.
–¡Señor Brolin! ¡Abra, señor!  
Eran voces juveniles. Sus vigilantes habían visto algo o no osarían subir a molestarle.
–Están abajo, señor –dijo el muchacho–. Quieren que baje usted a hablar con ellos. Me han dicho que le enseñara esto.
Billy Brolin examinó el objeto. No era más que un camafeo con un retrato de mujer en él. No la había visto en su vida. Dio una propina al muchacho y se dispuso a bajar.

IV.
–Un joven virginiano de buenos modales –exclamó el barman con estupor–. ¡Quién hubiera pensado que fuese amnésico!
–No se acordaba del hogar que dejó antes de la guerra hasta que esos hombres vinieron a buscarle –añadió el barbero–. ¡Su propia familia!

–Bebamos por su recuperación, Jack –propuso lacónicamente el barman.

miércoles, 19 de agosto de 2015

CAMELOT ESTUVO EN SEGOVIA


El castillo se asomó a nuestro campo de visión tras dejar atrás el último tramo de la irregular carretera comarcal. No había placa alguna que así lo conmemorase, pero yo sabía con certeza que allí había morado el rey Arturo, un monarca de celuloide que lucía los rasgos inconfundibles del actor irlandés Richard Harris. Casi medio siglo antes, en 1967, la localidad de Coca, a la que acabábamos de llegar en coche desde otro municipio dominado por un castillo de ladrillo mudéjar -la noble villa de Arévalo- se vio agradablemente sorprendida por el desembarco en sus lindes de un aparatoso equipo de producción cinematográfica procedente del mítico Hollywood y capitaneado por el director Joshua Logan. Años atrás, Logan nos había hecho tararear pegadizas melodías de Rodgers y Hammerstein en el musical South Pacific, y ahora volvía a la carga con las letras de Alan Jay Lerner y la música de Frederick Loewe en este esplendoroso musical que glosaba en clave hippie los amoríos y desencuentros entre el rey Arturo, la reina Ginebra y el caballero Lanzarote del Lago. Cuando me encontré frente al castillo de Coca, las canciones de aquel Camelot tecnicoloreado de ilusión cobraron nueva forma en mi garganta: The Lusty Month of May, I Wonder What the King is Doing Tonight, I Loved You Once in Silence, What Do The Simple Folk Do?




En torno al bello municipio cincelado en plena Tierra de Campos, en cada confín de la que fue la Cauca de la Antigua Roma, aún resonaban los ecos de uno de mis musicales favoritos, de mi recreación cinematográfica preferida del mito artúrico, de las voces de Richard Harris, Vanessa Redgrave y Franco Nero, actores inolvidables que tuvieron la inmensa suerte de encontrarse por estos parajes en el bendito año de 1967.
Mientras tanto, yo no cesaba de fotografiar, al más puro estilo del amor cortés, a mi queridísima María José, la mujer de ojos siempre risueños que me acompañaba en aquel viaje. Juntos rodeamos el rojizo recinto de nuestro castillo castellano de fantasía, acaso buscando hallar algún vestigio de la Tabla Redonda en aquel Camelot segoviano perdido en el tiempo, y mientras contemplábamos con estupor estival los pinares mecidos por un súbito viento de otoño, las campanas empezaron a repicar con el fragor medieval que hasta entonces sólo dormitaba en ellas. Cuando el concierto terminó, María José señaló al cielo, todo él ajedrezado ya en nubes de formas irrepetibles, y los dos nos convencimos al unísono de que el mago Merlín acababa de explicarle a un Arturo todavía niño, en aquella extensa pizarra sobre la que se cernían inminentes nubarrones, la posición exacta de Sirio, esa brillante estrella a la que el futuro soberano posteriormente daría el nombre de “mi reina Ginebra”.