domingo, 20 de diciembre de 2015

EL GRAN IMPULSO HACIA ARRIBA



Probó la resistencia del cajón botellero que le habían regalado subiéndose encima de él. Aún no era suficiente para lograr sus propósitos. A falta de una escalera en condiciones, fue apilando otros envoltorios navideños más o menos sólidos, pero la distancia que le separaba de la copa del abeto seguía siendo demasiado acusada como para jugarse el tipo en un número de acrobacias caseras sin red. Estudió la situación desde varios puntos de vista, resolvió dos crucigramas e incluso llegó a esbozar un croquis sin técnica mientras pensaba en el mejor modo de alcanzar la cima de su árbol de Navidad. Entonces alguien llamó a la puerta. Del timbre fueron desgranándose vibraciones arrulladoras, de esas capaces de adormecer a un recién nacido, campanilleos de dorada emoción que resonaban en todo su espíritu como si fueran un armonioso carillón de gloria. Tras girar la cerradura, el abrazo cálido de su mujer le envolvió de infinitas bendiciones de ternura, al igual que la patita de su terrier Yorkshire, vestido con un trajecito de Papá Noel y reclamando inmediatas caricias. Por si aquello fuera poco, en el buzón distinguió el familiar bulto de aquel libro de Metafísica que tantas veces había hojeado en la casa de su madre, y que ahora ésta le regalaba con un lazo verde que envolvía un cofre de buenos deseos. Volvió al salón embriagado por todas aquellas sensaciones y levantó la vista hasta la copa del abeto. Ya no le hizo falta encaramarse al rústico parapeto de cartones y envases de madera para colocar la Estrella de Navidad con una pericia que incluso a él mismo le asombró. Vistos desde arriba, los regalos que había comprado para sorprender a sus seres queridos parecieron relumbrar con una intensidad que nada tenía que ver con el oropel que los envolvía.