domingo, 5 de febrero de 2012

Un pacto entre caballeros

Las luces de la sala de proyección se encendieron sin respetar la fanfarria que acompañaba al “The End”, descubriendo a tres de los únicos cuatro espectadores presentes, que aún permanecían sentados en la misma fila, blandiendo idénticas sonrisas aprobatorias. El cuarto del escogido grupo, el director de la película que se acababa de pasar, Aldo Kramer, contemplaba, puesto en pie, la desnuda pantalla en blanco, con los puños cerrados de ira.

- Ésta no es la película que yo he rodado. - Su mirada fue acusando por turno, y de derecha a izquierda, al binomio de productores, Missoulos y Renzi, con quienes trabajaba por segunda y, por lo que a él respectaba, última vez, y al veterano montador de la casa, Lazlo Tibor.

- Su modestia le honra, Kramer, pero es un film excelente. – Missoulos, maestro en esquivar cualquier enfrentamiento directo con sus colaboradores, le contestó desde el fondo mullido de su asiento. Renzi, apenas conocedor del inglés, se levantó como si acabara de clausurar una reunión de negocios, y dirigió un mudo saludo a Aldo Kramer.

- Será un gran éxito, Kramer.- volvió a apuntar Missoulos, ya en la puerta de la sala. –Nos veremos en el estreno. –Al quedarse solos, director y montador se encararon, permaneciendo absortos en el silencio que subyacía al mutuo respeto profesional.    

- ¿Sabes, Tibor?, -comenzó Kramer. –Te conozco desde hace muchos años, y sé que, ante todo, eres un trabajador a sueldo. También yo lo soy. Sin embargo, mientras rodaba “Los Sueños de José”, por un momento tuve la ilusión de que las escenas que fotografiamos con gasas, las de las siete vacas y siete espigas que aparecían en el sueño del faraón, se salvarían.- Kramer ahora daba la espalda a Tibor. De nuevo sus puños se cerraron de rabia.

- Lo sé, Aldo. Eran muy buenas. De lo mejor que has rodado.- Tibor, que ya no sonreía, extrajo de un  maletín con el anagrama “Missoulos & Renzi Productions” una lata de celuloide, y la depositó en la  butaca donde se había sentado Aldo Kramer.

- Gracias, Tibor, por segunda vez…- Kramer esperó a que Lazlo Tibor abandonara la sala para tener entre sus manos a aquel hijo suyo, repudiado por la sociedad Missoulos & Renzi. Tibor se volvió un instante, cabizbajo, antes de salir.

- Tal vez algún día puedas usarlas en tu propia película, Aldo.- Kramer tampoco alzó la vista para contestar. Su pensamiento estaba en otra parte.


- Quizá, Tibor…quizá. – Mientras sostenía al trasluz los retazos de celuloide que Lazlo Tibor había rescatado del suelo de la sala de montaje, Aldo Kramer, de quien no se podía decir que fuera un hombre religioso, pensó que dos equivocaciones, al igual que los dos sueños recurrentes del faraón de su película, eran, si no una señal divina, al menos  sí motivo suficiente para empezar a buscar nuevos medios de producir los proyectos a los que iba a dar forma en el futuro. En su imaginación de creador, las secuencias rechazadas cobraron súbita vida, como si el proyector de sus deseos volviera a desplegarlas sobre la blanca sábana de la pantalla.