domingo, 6 de noviembre de 2011

Hotel Natchez, en algún lugar de Massachusetts

La puerta se abrió de golpe, como empujada por fuertes hombros, y entró un desconocido en la habitación del hotel. Las manos le temblaban visiblemente, y en una de ellas brillaba el acero de un revólver de pequeño calibre. Sus ojos recordaban a los de un animal acosado y fueron a clavarse directamente en la ventana abierta. Una colilla de cigarrillo en el suelo, tan marchita como las paredes de la estancia, le advirtió de que alguien había estado allí. Pisadas de barro en la moqueta señalaban a la ventana y, al asomarse a ésta, percibió un perfume femenino que le era tan familiar como si lo hubiese destilado su propio organismo. Como suponía, la escalera de incendios refugiaba a la mujer que buscaba, aunque la lluvia, pertinaz y descarada, pugnaba por revelar su escondite a ojos inquisitivos.

-Todo ha acabado, Eileen –gritó el hombre con un torrente de voz que desmentía el temblor de sus manos–. Pyke no volverá nunca más a molestarnos.

Entonces se dejaron oír pasos en la escalera de incendios, titubeantes y casi enmudecidos, pero no en la dirección que el hombre había supuesto. Desde arriba, la silueta de una mujer enfundada en un abrigo negro podía vislumbrarse con dificultad tratando de bajar la escalera para alejarse del patio del hotel.

-Eileen, es inútil. Ya no es necesario huir. Todo ha acabado. Pyke no volverá a hacernos daño –volvió a repetir el hombre, que aún sostenía peligrosamente el revólver en su mano derecha.

Como Eileen no contestaba, el hombre decidió bajar también por la escalera de incendios. “Si la pierdo ahora”, se repetía obsesivamente, “no la volveré a ver jamás”. Guardó el revólver en el bolsillo de su gabardina y se encaramó al pasamanos, descendiendo todo lo rápido que su corpulencia le permitía. Grant Holger, pues así se llamaba, ni siquiera tuvo tiempo de llegar hasta el suelo. De una de las manos enguantadas de Eileen salió un fogonazo y Grant cayó sin vida sobre el pavimento mojado.
-Esto es por Pyke–. La lacónica frase pronunciada por Eileen quedó ahogada en una ráfaga de lluvia y viento, aunque es muy posible que fueran las últimas palabras que Grant Holger escuchó en este mundo.