domingo, 7 de mayo de 2017

Si una sola persona cae…

El título de este microrrelato está inspirado en una memorable frase de Gandhi: “Si una persona gana espiritualmente, todo el mundo ganará, pero si una sola persona cae, el mundo entero también caerá”. Un recordatorio más de que el hogar de los seres humanos no puede ser motivo de especulación, pues es su santuario sagrado y les pertenece por derecho de nacimiento. Aquellos que cometen el delito moral de la codicia elevando insensatamente el precio del metro cuadrado de las viviendas que venden o alquilan para oprobio de sus semejantes deberían hacerse esta pregunta en algún momento de sus vidas: “¿Qué pensaría Gandhi de lo que estoy haciendo? ¿Ganará algo el mundo con esta transacción abusiva e inmoral o solo saldrá ganando mi cuenta corriente?” 


Si una sola persona cae…

Las dos mansiones se miraban con arrogancia. Era difícil apreciar cuál era más opulenta y en cuál de las dos verdeaba con mayor intensidad el mimado césped. Bastaba contemplarlas para sentirse amparado por la maternal sombra que proyectaban, un haz de recuerdos confortables y acogedores. La pareja de ancianos dejó caer al suelo la maleta que transportaban y exclamó al unísono:

-¡Por fin lo hemos encontrado!


Nadie habría imaginado que, en aquella minúscula tierra de nadie que permanecía olvidada entre la majestuosidad de ambos edificios, podía surgir un hogar de semejante calidez. Parecía uno de aquellos insípidos arbolitos mágicos que, tras espolvorearlos con agua la noche anterior, amanecían convertidos en esplendorosos cerezos. El perfume penetrante de los jardines señoriales inundó con su fragancia aquel habitáculo sin paredes donde la pareja de septuagenarios, con cautivadora mímica que atraía la atención de los transeúntes, iba colocando los imaginarios objetos que componían el inventario de su casa. Ambos se movían al compás de una coreografía perfecta, a la que no parecía afectar la ausencia de puertas y ventanas. Pasados unos minutos, la sugestión llegó a tal punto que algunos espectadores se atrevieron a traspasar los límites etéreos del domicilio que contemplaban atónitos para ofrecerse a colgar un cuadro incorpóreo o apuntalar armarios invisibles. Esa noche de enero, la pareja de ancianos durmió plácidamente arropada, sin mantas ni radiadores. Tras el ventanal de la mansión vecina, una niña sonreía emocionada. Nunca había visto ondear la cometa de la fraternidad.