sábado, 13 de diciembre de 2014

Una doble para tres


1.
Podíamos ver las olas rompiendo apaciblemente contra la playa mientras ágiles sombras de gaviotas planeaban con elegancia sobre las arenas desiertas. Ninguno de los dos quería perderse aquella escena, a pesar de que la bebida ya se había agotado.

–Voy por repuestos –anuncié, según me levantaba de la silla y cruzaba el umbral de la terraza para descorchar otra botella de Lambrusco. En un ángulo del espejo de la habitación aún saltaba a la vista la romántica frase escrita con lápiz de labios horas antes. “Las cosas que podemos hacer cuando vamos a un hotel”, musité con gesto divertido. Fuera ya empezaba a oscurecer y las gaviotas que antes volaban ahora deambulaban por la dorada arena en busca de comida o de un lugar donde dormir.

–¿Sabes que la playa es el hotel de las gaviotas? –dijo Sofía–. Lo leí no sé dónde. Dicen que también duermen en los tejados y en los barcos anclados en el puerto.   

–No se me había ocurrido. Brindemos por ellas.


Las copas se entrechocaron y ambos bebimos el néctar rosado. Sólo nos quedaban unas horas para seguir respirando aquella brisa marina que inundaba la terraza. Mientras nos poníamos a bailar en la penumbra, dejándonos llevar por las hermosas sensaciones que nos embriagaban, escuchamos un ruido a nuestras espaldas.


–¡Vaya, ésta sí que es buena! –exclamó Sofía riendo­.

Yo me volví para averiguar qué le hacía tanta gracia y descubrí a una gaviota más grisácea que blanca mirándonos con curiosidad desde la barandilla. En cuanto nos hubo examinado, dio un saltito hasta la mesa y empezó a picotear graciosamente las migas de pan y los restos de patatas fritas que yacían intactos.

–¡En las terrazas! –exclamó Sofía con el tono emocionado de quien se acuerda repentinamente de algo­–. Ese artículo también decía que hay gente que se las ha encontrado durmiendo en su terraza…




–¿Y ahora qué hacemos? –añadí perplejo–. Porque no parece tener mucha prisa por irse.

En efecto, tras dar buena cuenta de todos los restos de comida que había sobre la mesa, la gaviota pasó a acomodarse en una de las sillas, la que tenía un cojín. Desde allí, siguió mirándonos con expresión curiosa y cada vez más soñolienta.



2.
Antes de dejar libre la habitación, nos despedimos de ella. Seguía durmiendo como una bendita sobre el confortable cojín. Sofía le dejó algo de agua en un plato de plástico y, debajo de éste, una nota que decía “No molestar”.