jueves, 12 de diciembre de 2013

SOLIDARIDAD INDIRECTA


La cesta de Navidad pesaba lo suyo. No circulaba ni un triste taxi por aquel fantasmal barrio de oficinas, y el paseo hasta la boca de Metro o la estación de autobús más próximas no me llevaría menos de veinte minutos. Podía haberlo intentado. Siempre puede hacerse un sobreesfuerzo. Pero aquella tarde, con el cielo de diciembre ya oscurecido, y una gélida temperatura que te iba anestesiando lentamente hasta adormecerte la cara, no tenía voluntad suficiente como para realizar hazañas de ese calibre. Mientras abría y cerraba mi dolorida mano y pensaba en lo que haría para llegar a casa con aquel lastre obsequio de la empresa, reparé en que, unos metros más adelante, instalado en un ínfimo habitáculo pergeñado con cajas de cartón y mantas, había un ser humano. Entonces, sin saber de dónde me venía la fuerza, volví a levantar la voluminosa caja, que ahora parecía tan liviana como una pluma, y avancé hasta donde se hallaba aquel semejante a quien la sociedad de la que él también formaba parte le negaba un techo y un hogar caliente en unas fechas de vistoso llamamiento al amor fraternal. Cuando finalmente descargué la cesta sobre el suelo, unos ojos sorprendidos me miraron entre un gorro calado hasta las cejas y una gruesa bufanda que le cubría hasta la nariz. Y os diré algo que aún no he olvidado: la sonrisa que a continuación hizo relumbrar aquella vivienda de cartón me alimentó mucho más que todo lo que contenía la cesta que nunca llegué a consumir.