viernes, 11 de noviembre de 2011

El tupé de mi profesor

En la clase en la que yo estaba, todos sabían que el profesor de Literatura Inglesa llevaba bisoñé. Nadie podía precisar a ciencia cierta cuándo había empezado a usarlo, pero algunos compañeros de cursos superiores con los que solíamos jugar al billar los viernes por la tarde afirmaban que, cuando a ellos les dio clase, dos o tres años antes, la calva ya empezaba a relucirle por una buena porción de su cabeza. Realmente a nadie podía importarle mucho el que el Sr. Leland, de cuarenta y tantos años y soltero empedernido, cubriese o no su calvicie con un postizo. Y menos a unos chavales de 14 años que tenían muchas otras cosas más apremiantes en las que ocuparse, crecer sin ir más lejos. A mí personalmente me traía sin cuidado. Ahí tenías al bueno de Telly Savalas, haciendo gala de ella sin complejos, con aquellos abrigos tan elegantemente cortados y esa ironía y desparpajo disueltos en cada frase que soltaba al personal.

Para mí, nacido en los 60 y adolescente en la segunda mitad de los 70, Savalas-Kojak era un tío guay o, como diría el Sr. Leland, un referente perfectamente válido. Ésta era la clase de expresiones que solía emplear cuando nos explicaba las lecciones. Si, por ejemplo, quería decirnos que un poema de Coleridge podía ser tan moderno hoy como cuando fue escrito, en el siglo que fuera, el Sr. Leland nos decía que “Coleridge era un referente válido”. También nos explicaba otras muchas cosas, como métrica y tema principal del poema, e incluso a veces pedía que alguno de nosotros saliera a leer en voz alta, lo que todos detestábamos, ya que los demás aprovechaban la ocasión para reírse de ti, comentar entre ellos lo mal que lo hacías y gritarte: ¡No se oye! ¡Más alto!


Ese era el tipo de clase en la que se suponía que tenía que formarme a la delicada edad de 14 años, entre compañeros que rivalizarían encarnizadamente en una competición de “a ver quién es el más cafre, cretino y analfabeto”, en una década, la de los 70, que todos se empeñarían posteriormente en recordar como la de las greñas, los pantalones de campana, la música disco, las moquetas verdes y los papeles pintados, olvidándose de cualquier otro elemento sociocultural que hubiese convivido con los ya citados.
Porque yo me pregunto: ¿es que no había calvos en los 70? ¿nadie tenía entradas pronunciadas en esa época? ¿vestían todos con ropa amplia y hortera? ¿a nadie le gustaban las paredes blancas y desnudas? A menudo me hago estas y otras muchas preguntas, pero no encuentro respuestas originales por parte de amigos o conocidos que vivieron aquellos años. Seguro que el Sr. Leland me hubiera respondido algo distinto. ¿Qué habrá sido de él? ¿Seguirá explicando sus poemas a un público que no le merece?
Ojalá no haya cambiado mucho.


Andaba yo dando un garbeo por el centro comercial, cuando oí que alguien me llamaba por mi nombre. No me suele hacer mucha gracia que la gente me reconozca en un lugar público y concurrido, así que intenté hacerme el sueco y seguir viendo escaparates de tiendas, como si nada. Cuando estaba absorto contemplando una mesa de billar que bien pudiera haber ocupado la tercera parte de mi habitación, sentí que me tocaban el hombro. En el cristal de la tienda vi reflejado a un tío al que no reconocí. Desde luego su reflejo no me era nada familiar, como el de mi padre, mi hermano Graham o mi amigo Ralphy. Esperé que no fuera alguno de mis compañeros de clase. No tenía ninguna gana de sostener conversaciones monosilábicas tipo: “¿Qué haces? Aquí... Ya ves.. “ No, sinceramente ya tenía bastante con aguantarlos una buena parte del día como para sufrirlos también allí.

Al darme la vuelta, me encontré frente al Sr. Leland, mirándome divertidamente desde su metro ochenta. Yo ando por el metro setenta, y aunque no estoy entre los altos de la clase, tampoco soy de los bajitos. Siempre me resultaba un poco incómodo hablar con tíos más altos que yo. Mi madre decía que era por no sé qué de las vértebras del cuello, que me provocaban sensación de mareo. Supongo que tenía razón, aunque cada vez que se lo oía decir, me hacía sentir diez años más viejo por lo menos.
“Veo que te gusta el billar, Walsh”, dijo, y luego añadió. “¿Sabes que a un rey de Francia se lo recomendaron los médicos para que le facilitaran las digestiones?” El Sr. Leland siempre hacía ese tipo de comentarios. Hablaba de una manera complicada, con palabras y expresiones cultas o difíciles de entender a la primera. Casi toda la clase pensaba que era un pedante y un pelmazo, pero a mí me parecía un tío bastante original. Sentía cierta admiración por él, ya que pensaba que había que tener valor para expresarse de manera distinta a como lo hacían los demás. El Sr. Leland no tenía aspecto de tipo duro, ni vestía a la moda, ni llevaba el pelo largo y con greñas, como otros profesores más jóvenes del instituto, pero en su peculiarísimo estilo conseguía imponer un cierto respeto en clase. Incluso a los que pretendían burlarse de él. Recuerdo especialmente aquella vez en que Pinky, uno de los gansos de la clase, le preguntó al Sr. Leland lo que significaba la palabra “bisoño”, que según él había aparecido en un libro que se estaba leyendo. Dudo mucho de que, en su tiempo libre, aquel individuo leyera algo más que los textos obligatorios del curso, pero había que reconocer que, en su avieso afán de poner en un aprieto al profesor, se lo había currado bastante. La clase entera no perdía ojo de la cara del Sr. Leland, atenta a cualquier signo de rubor en ella o a cualquier inflexión de embarazo en su voz. Yo me imaginaba cómo se lo hubiera tomado Kojak, con su sorna característica: ¿Estás tratando de ponerme nervioso, baby?
Y luego se hubiera sacado tranquilamente una piruleta del bolsillo, para demostrar a aquel hatajo de mocosos maliciosos que, a él, cualquier alusión a su calvicie se la traía floja (“Todos nacemos calvos, baby”, habría añadido a modo de descolocante colofón).

Sin resultar tan “cool” como Savalas, la forma de reaccionar de Leland ante aquel ataque frontal contra su persona fue bastante egregia. Mirándole directamente a los ojos, y con una contundencia y sequedad inusitadas en él, le espetó al tontaina de Pinky:
“Bisoño es el novato, el inexperto, el principiante. Bisoño es el que no sabe nada. Por eso pregunta”.
Pinky se quedó cortadísimo. Yo pensaba: Venga, cobarde. Pregúntale ahora que significa bisoñé. ¿A que no te atreves? Y estoy seguro de que el resto de mis compañeros pensaban lo mismo, aunque pusieran cara de alelados sin expresión alguna. Ninguno hubiera querido reconocer el aplomo de Leland. Era demasiado inclasificable para ellos. Pero al menos los dejó mudos durante unos minutos. A ver si aprendéis, pensé para mí.
Leland guardó silencio durante diez largos y tensos minutos, a lo largo de los cuales no se oyó ni un murmullo. Cuando sonó la campana, puso término a la clase y abandonó el aula sin despedirse.