martes, 18 de octubre de 2011

Monos en la cara

¿Os habéis preguntado alguna vez cómo sería la vida con un solo brazo? Yo no tuve ocasión de planteármelo. Nací así. Pero no creáis que os voy a contar aquí la historia de mi vida. No es ese mi propósito. Os voy a hablar de cómo transcurre un día cualquiera para alguien como yo.

Me despierto a las 8:00, me afeito en 10-12 minutos y preparo el café en una cafetera de émbolo. Las de rosca me resultan realmente difíciles. Ya desayunado, tomo una ducha, me seco en el doble de tiempo de lo que seguramente lo haréis vosotros y selecciono la ropa que quiero ponerme. Tardo en vestirme alrededor de 6 minutos y medio. No está nada mal, considerando que sólo utilizo el brazo derecho.

En cuanto salgo a la calle, me convierto en el centro de atención. Y eso sin tener madera de estrella. Me cruzo con ocho personas, y todas menos una, que va distraída, clavan automáticamente la vista en la manga izquierda de mi traje. “Sí, ya sé que no hay nada debajo de la tela”, les digo con el pensamiento, “pero miradme en conjunto, id más allá de esa parte aislada y veréis a una persona bien vestida.”

En el autobús, las miradas continúan. Como soy algo presumido, me hago la ilusión de que lo que miran no es el brazo ausente, sino mi perfil absorto en la ciudad que madruga a través del cristal. Dejo de estudiar las reacciones de mis compañeros de trayecto por el rabillo del ojo y descubro a una niña pequeña que me regala su sonrisa, incondicional y luminosa, desde la ventanilla de un coche detenido en el semáforo. Al ponerse de nuevo en marcha, la niña me dice adiós con la mano. Me gustaría tanto devolverle el gesto, agradecerle esa inocencia que no sabe de formas, pero sólo cuento con un brazo para sujetarme, así que le sonrió con todas mis fuerzas. Es la primera persona del día que me ha mirado como lo haría un ángel. No ha visto nada extraño. No le he parecido diferente.