lunes, 26 de septiembre de 2011

Torino

Enmarcada en el majestuoso escenario de los Alpes, Turín es una ciudad con una inmerecida reputación de gris e industrial que suele ser pasada por alto en los circuitos de las agencias de viajes a pesar de su indudable interés turístico. Esta ciudad, antigua capital de la Monarquía de Saboya y lugar de gestación del Risorgimento o Unificación de Italia, cuenta con una envidiable proporción de espacios verdes y, si bien es cierto que la industria –especialmente la automovilística, representada por la prestigiosa FIAT, cuyas antiguas instalaciones se han reconvertido en el moderno centro de negocios Lingotto– tuvo mucho que ver en su desarrollo, también es verdad que ha sabido compaginarlo con unas dimensiones a la medida del ser humano y un legado artístico excepcional.

No sabemos qué es lo que más sedujo a Nietzsche, el filósofo alemán que residió durante la última etapa de su vida en la capital piamontesa, si el delicioso chocolate que se puede degustar en cualquier pasticceria o café, la visión de las cercanas montañas o los interminables paseos que permiten sus anchas y elegantes avenidas, cubiertas por una red de monumentales pórticos que los monarcas de Saboya ordenaron construir para protegerse de la lluvia en sus caminatas diarias. Y es que, al igual que muchas otras ciudades italianas, Turín conjuga de modo embrujador el arte más exquisito con la belleza natural. Tal vez esto explique en parte la aureola de ciudad mágica que la ha acompañado siempre. Sin querer adentrarnos aquí en consideraciones esotéricas, la magia puede sentirse en cualquier parte de la ciudad, ya sea admirando el conjunto de exuberantes colinas que la rodean, especialmente la de Superga –coronada por la espléndida basílica barroca diseñada por Filippo Juvarra– y el Monte de los Capuchinos, o simplemente deambulando a lo largo del Po, el gran río italiano que constituye una de sus señas de identidad.

Emilio Salgari
Turín es una sucesión de plazas de gigantesca envergadura, como la Piazza Vittorio Emanuele, que desemboca en el río frente a la original Iglesia de la Santa Madre di Dio, la Piazza Castello, con el Palacio y los Jardines Reales, o la Piazza San Carlo, apodada el Salón de Turín por ser lugar de cita de sus habitantes; de altos soportales que parecen no acabarse nunca; de múltiples referencias histórico-culturales (la Sábana Santa, el Museo Egipcio, la Mole Antonelliana, sede del Museo del Cine y visible desde cualquier punto de la ciudad); de librerías especializadas en todos los temas imaginables; de bares con encanto donde reponer fuerzas con un exquisito aperitivo (que en esta ciudad se toma a partir de las siete de la tarde); de muelles transformados en terrazas al lado del río (los Murazzi del Po); de parques románticos, entre los cuales destaca el hermoso Parco Valentino, con su espectacular Fuente de los Doce Meses; y de escritores afligidos por una vena suicida, como es el caso de Emilio Salgari y Cesare Pavese, dos grandes autores de la Literatura Italiana –en sus vertientes escapista aventurera y existencialista, respectivamente– que eligieron quitarse la vida en esta bellísima ciudad.

Turín es una ciudad tan original que hasta se ha inventado lo que no tiene, ejemplo claro de lo cual es ese Borgo Medioevale construido para la Exposición Internacional de 1884 al que se accede tras un trayecto en barco turístico por el Po, y que compensa las carencias medievales de una urbe eminentemente barroca. Si Roma es eterna, Nápoles hay que verla antes de morir y la belleza de Florencia provoca desmayos en las naturalezas más sensibles, Turín nos sorprende por su discreta e inesperada fascinación.