lunes, 26 de septiembre de 2011

La luna y Kung-Tsé


En confianza, me gustaría decir que, cuando todo ocurrió, estaba sentado al borde de la bahía, viendo cómo se alejaba la marea, pero la pura verdad es que me encontraba asomado a la barandilla del puente sobre el río que atraviesa mi pueblo, matando el tiempo, como de costumbre, antes de irme a cenar.


Yo soy algo así como un buscador accidental. Me explicaré, siempre estoy vigilando el curso del río, por lo que pudiera traer. Veréis, mi filósofo favorito es Kung-tsé – Confucio, para entendernos – y, de acuerdo con sus preceptos, intento mantenerme en todo momento en el centro. Para mí, el centro del que habla Kung-tsé es mi pueblo, y más concretamente, la barandilla del puente. Desde aquí veo todo lo que tengo que ver.


Pero volvamos atrás, que me estoy alejando del tema. Aquel día, os lo aseguro, vi reflejada en el agua azul noche del río la otra cara de la Luna. Sí, esa que nunca se ve. Era como las lunas de cartulina que todos hemos visto en alguna representación escolar. Lisa, sin cráteres y aparentemente sujeta al firmamento por un alfiler. Tentado estuve de zambullirme en su reflejo, de acariciar su superficie de papel de plata, pero como ya os dije antes, leo a Confucio. Y Confucio me trajo a la memoria a aquel compatriota suyo que se ahogó al querer besar la Luna. Abreviando, que no quise seguir el ejemplo del insigne poeta y simplemente me limité a ver correr su reflejo a lomos de las aguas del río. Seguro que otra noche volvería a pasar bajo mi pasarela. Yo no me muevo del centro.