lunes, 26 de septiembre de 2011

Freud, pasión secreta

Las escenas introductorias de Freud, pasión secreta, película dirigida por John Huston en 1962, nos sirven de preparación, a través de sus extraños arabescos, de sus inquietantes dibujos en forma de nebulosa, para embarcarnos en lo que a todas luces constituirá un viaje al “espacio interior”. La fuerza de la gravedad es la menor de nuestras preocupaciones en esta peculiar variante del cine de ciencia ficción, en la que toman las riendas de la proyección el debate entre cuerpo y mente por lograr el equilibrio interno, las concomitancias que puedan establecerse entre los sueños y demás ejercicios nocturnos de la mente y nuestras disquisiciones diurnas. Los fantasmas del inconsciente han desbancado a la conquista de los planetas del Sistema Solar y el temor hacia los extraterrestres es nimio comparado con el pánico del ser humano hacia sus propios recuerdos, un miedo cerval que le hace enfermar con el propósito de enterrarlos indefinidamente en el cuarto más oscuro de su mente. No es necesario ir a la búsqueda de vida en el espacio exterior, nos vienen a decir Huston y sus guionistas, sino que el alienígena está dentro de nosotros mismos, como demuestra la expresión alucinada del rostro de su intérprete protagonista, Montgomery Clift. Sólo bajo estas premisas podemos llegar a comprender el film que nos ocupa, un audaz experimento de cinematografía que trata al espectador como un adulto, a años luz del infantilismo que parece ahogar las pantallas del cine actual, conminándole a descubrir, mediante el mismo proceso deductivo que el personaje titular, los luminosos hallazgos que sólo llegan a producirse tras un doloroso cúmulo de errores, como expresa el propio diario del gran psiquiatra vienés leído en una memorable escena por el personaje de su esposa. Onírico es el lenguaje que preside gran parte de los fotogramas de la película, y este adjetivo no se reduce únicamente a las escenas más obvias y tal vez menos logradas, rodadas con medios electrónicos como se explicita en los títulos de crédito, sino al tono general del film.


Esa Viena cuyo perfil urbano se nos muestra en ligero picado, con calles tan negras como el abismo que nos separa del inconsciente, en la que no suenan los alegres valses de Strauss ni parece brillar el fasto del Imperio Austrohúngaro, donde un lúgubre cementerio sustituye al Prater, lugar de recreo y cita de otros films ambientados en la capital austriaca, y en la que el sexo ilícito se compra por pocos florines en los antros de la simbólica calle de la Torre Roja. Por esa Viena sombría se pasea como un alma en pena, ensimismado en sus obsesivos razonamientos psicoanalíticos, el frágil y neurótico Sigmund Freud que compone admirablemente Montgomery Clift. El psicólogo no es mostrado como un extraterrestre en la tradicional sociedad vienesa, llegando a ser repudiado públicamente incluso por quienes le apoyan desde un principio con entusiasmo paternal, como el doctor Brewer, cuyas teorías apoyadas en el hipnotismo consigue llevar hasta un imparable paroxismo. Huston, con su planificación objetiva, no subraya en ningún momento del film la inefabilidad de los postulados freudianos, sino más bien lo contrario, insertando momentos en los cuales el psiquiatra se desmorona o se ve sobrepasado por sus audaces planteamientos (el complejo de Edipo que descubre en un paciente que después morirá de una neumonía en un sanatorio mental, lo que le provoca un visible dolor, el complejo de Electra de la joven interpretada por una brillante Susannah York, el desmayo que le impide traspasar el umbral del cementerio en el funeral del padre, etc.).