lunes, 26 de septiembre de 2011

En una plaza de cualquier parte...

Se desperezaba la ciudad, envuelta en la gris niebla de la modernidad, y uno de los barrenderos más madrugadores de su promoción, Germán Segundo, “el Esquiviano”, llamado así por ser natural de aquella localidad toledana famosa entre otras cosas por su excelente vino, apoyándose sobre su carrito y recostando la escoba contra el cubo de oficio, se abismó en su visión predilecta.

Germán Segundo venía barriendo sistemáticamente la zona comprendida entre la Plaza de los Cubos y la Plaza de España de Madrid desde hacía ya seis años, fecha en que aprobó el examen que le dio acceso a la plaza y, a diferencia de tantos otros trabajadores de la capital, era feliz con lo que hacía, hasta el punto de considerarse el más dichoso de los hombres sobre la faz de la tierra.
¿Pero qué tenía de especial el barrido de las calles y plazas de aquella zona de Madrid, indudablemente difícil de mantener limpia, siendo como es tan turística y transitada? Que se lo pregunten a Germán Segundo, hijo de Juan Ramón Segundo y nieto de Conrado Segundo, familia de humildes vinateros de Esquivias, la ciudad en la que Don Miguel de Cervantes contrajo matrimonio con su mujer Catalina.

Pero mejor será que lo cuente yo, que el amigo Germán gusta de la palabra hablada pero no le ocurre otro tanto con la escrita. En eso quedamos, pues. Yo se lo narraré a ustedes. Tan sólo necesito que me presten sus ojos y oídos durante unos minutos...

Don Quijote y Sancho Panza
Embobado, boquiabierto, deslumbrado, embebido o ensimismado hubiesen sido los epítetos que recibiría Germán Segundo de haber escrito otro esta historia. Sin embargo, como el autor es un servidor, y de momento tengo la última palabra en el asunto, diré que nuestro barrendero estaba exactamente “deleitado”. Lo que contemplaban sus ojos oscuros y hundidos no era sino las estatuas de Don Quijote y Sancho Panza que se hallan ubicadas en la Plaza de España de Madrid. A aquella hora tan tempranera, sin visitantes, grupos de estudiantes, enamorados o ancianos que pulularan por la hermosa plaza, los rasgos de las estatuas cobraban un especial vigor ante los ojos del observador atento. Y Germán Segundo pertenecía a esa clase, de ello pueden estar seguros. Como buen esquiviano, era un cervantino a ultranza, más por usos y costumbres que por auténtica erudición. No ignoraba los episodios más populares de la novela, como el de los Molinos de Viento o el del Manteo de Sancho, aunque sorprendía a propios y extraños con su conocimiento de otros más eruditos como el de Clavileño o el de la Ínsula Barataria, si bien admitía no haber leído el libro entero en su vida.

Cervantes
“Lo que sé del Quijote, lo he sabido siempre. No me pregunten si leí algunos capítulos de chaval, si lo vi en el cine o en la televisión o si me lo han contado”, argumentaba Germán con humildad. “En mi pueblo se saben estas cosas de antiguo...” Y en verdad que, a juzgar por la expresión de felicidad que coloreaba la carnosa cara de Germán Segundo, se habría jurado que aquel afable barrendero manchego se solazaba mucho más que cualquier eminente cervantino de toga y birrete en la contemplación de aquellos dos personajes de bronce.

“Si es que parecen de verdad. No hay más que mirarlos, hombre”, les decía a sus compañeros de turno. Una vez, el que cubría la zona de Ventura Rodríguez se ofreció a hacerle una foto posando junto a las estatuas y, para su asombro, Germán se negó en rotundo. “Eso es para los turistas, los que vienen ya amanecido y les hace gracia todo. Yo me contento con verlos a esta distancia, que les tengo mucho respeto”, pretextó el buen hombre, no sin cierto nerviosismo.

Y es que, para Germán Segundo, aquellas estatuas estaban dotadas de un hálito que casi las convertía en vivientes. Se absorbía en su contemplación a semejanza de quien admira un belén representado por figuras humanas, como el que recordaba haber visto de niño en Alcázar de San Juan una navidad “”de relente y cuellos altos”, en palabras de su abuelo Conrado. “Y el caso es que sí que me gustaría verlas más de cerca”, musitaba Germán, “pero me da un poco de miedo...”

Lo que Germán Segundo tal vez quería decir es que, desde la infancia, sentía una reverencia rayana en el temor por las estatuas, las imágenes de procesión o cualquier otra escultura de rasgos antropomorfos. Le fascinaban y al mismo tiempo le asustaban, como si pudiese discernir en ellas, a través de los certeros rayos X de las formas artísticas, las complejas ramificaciones de la personalidad humana. Germán miró a derecha e izquierda y, abandonando por unos instantes su instrumental de trabajo, enfiló hacia las figuras de Don Quijote y Sancho. “Vamos, Germán, que sólo será un momento. Ten valor, hombre”, se decía por lo bajo. Al llegar al pie de Sancho y el Rucio, alzó la cabeza y se emocionó tanto que tuvo que cerrar los ojos. “Ábrelos, hombre, que como te esté viendo alguien...”, se repitió. La sensación que experimentaba era muy distinta de la que había tenido las cuatro veces que visitó la casa donde vivió Cervantes en Esquivias.

“Allí no hay estatuas por ninguna parte. Si es no es más que una casona manchega de vigas vistas. Te enseñan muebles, cuadros, aperos de labranza y hasta tinajas de vino. Si bajas a las bodegas, ya te puedes echar un jersey por encima, que no hay más de 15 grados todo el año”, le había explicado un día a su compañero Sixto, el que cubría la zona de Ventura Rodríguez, mientras se comían el bocadillo. Ahora, en cambio, se sentía verdaderamente impresionado. Como cuando te presentan a alguien a quien has admirado en silencio desde hace tiempo. Cuando volvió a abrir los ojos, le pareció hallarse momentáneamente en una llanura seca y calcinada. Ni siquiera le parecía escuchar ya el rumor de la fuente o el zumbido de los coches circunstantes. Se disponía a acercarse a la estatua de Don Quijote, cuando oyó una voz que rasgó el aire como un taco mal empujado sobre un tapete de billar.

“¡Oiga, usted!” Germán Segundo se giró hacia el lugar de donde había emanado la voz. Junto a su carro, un individuo enjuto y de elevada estatura se erguía altivo, armado de un objeto puntiagudo. Germán no podía distinguir de lejos lo que empuñaba, pero el hombre iba vestido de un verde muy parecido al suyo, otro mono de trabajo probablemente. “Sí... ¿Qué quiere?”, vociferó Germán dubitativo. Aquel fulano le recordaba extrañamente a... Pero no, no podía ser. “¡Qué tontería!”

“Venga usted aquí, hágame ese favor”, espetó nuevamente el recién llegado. Germán se sintió sobresaltado por el tono algo marcial con que revestía sus frases. Decidió obedecerle y averiguar qué tripa se le había roto. “Locos a estas horas, los hay a pares. Pero que no se me crucen delante...”, musitaba mientras encaminaba su cuerpo rechoncho hacia el carro. Ahora que lo veía más de cerca, el hombre lucía un ralo bigote que era la pura abundancia comparado con el seto de cabello que se había agolpado a ambos lados de sus sienes. La cara macilenta, las mejillas ahuecadas y el cuerpo casi inexistente bajo el sucio mono verde. A pesar de ello, uno no podía por menos de achicarse hasta cierto punto bajo la mirada conminadora de aquel individuo, máxime cuando lo escudriñaba a uno empuñando un pincho de hierro, similar a los que utilizaba el servicio de limpieza de parques y jardines para recoger los papeles vertidos con inmisericorde desdén sobre el césped.
“Aquí me tiene, buen hombre. ¿Qué quería decirme?”, inquirió Germán Segundo, con un tono entre bromas y veras.

El desconocido hizo un cuarto de reverencia, soltó el chuzo que empuñaba y se presentó con el mayor de los entusiasmos. “Mi nombre es Amadeo Solana, caballero. Por ironías del destino me veo obligado a ejercer este oficio de esgrimista de inmundicia papelera. ¡Mala estocada reciban los que me hacen doblar la cerviz! En otras palabras, amigo mío: yo pertenezco a la Brigada del Chuzo igual que usted a la del Carro y la Escoba.” Germán Segundo se quedó mirando con admiración a aquel Amadeo. Lo que era clase y distinción, no le faltaban. Tenía todo el aspecto de ser un señor venido a menos, además de bien hablado. Le gustaba cómo entonaba cada palabra en un castellano recio y perfecto. Nunca hasta ahora lo había visto por allí, de modo que supuso que era nuevo en el barrio, trasladado posiblemente. “¿Desde cuándo trabaja usted en esta zona?”, preguntó Germán con una curiosidad que parecía desbordarse de sus ojillos parduzcos. “Hoy me estreno en esta vecindad, señor mío. Para los efectos, son todas iguales en lo básico. La escoria que retiro con mi gancho afea del mismo modo la verde yerba y no diferencia casas ni cunas. ¡Pardiez! ¡Si yo le contara a lo que me dedicaba antes, es harto seguro que no me creería! Vueltas que da la vida...”

Germán Segundo se conmovió sinceramente al ver el semblante de dolor y lamento en que se trastocaba el huesudo rostro de Amadeo. Aquello le reafirmó en su convicción de que se hallaba en compañía de un cabal y perfecto caballero. “Las estatuas... Llévale a ver las estatuas, borrico...”, se dijo en voz queda el bueno de Germán Segundo, no sabiendo cómo consolar de alguna manera a su interlocutor. “Si uno como yo encuentra paz mirándolas, no va a encontrarla él...”
Y dándole una palmadita en el hombro, Germán “El Esquiviano” condujo a Amadeo frente a las estatuas de Don Quijote y Sancho. Éstas les contemplaron desde sus pedestales de inmortalidad, pero con una conmiseración y benevolencia que hicieron que Amadeo retomara la narración de su caída en desgracia con una serenidad que le sentaba mucho mejor, dejando que la amargura en reposo fuera expulsando poco a poco sus más perniciosos vapores.

“Aquí donde me ve, mi buen amigo, yo tuve en mis manos durante un corto espacio de tiempo esa ardua tarea consistente en preparar las ligeras mentes infantiles para la gravedad adulta. No, no me mire usted con esa cara. En palabras más sencillas, fui maestro de escuela. Maestro, ¡qué palabra más hermosa! Maestría significa dominio, señor mío, y yo me jactaba de poseerlo tanto sobre mis pupilos -puedo asegurarle que no se oía ni el vuelo de una mosca durante mis clases- como sobre mi intelecto: pasaba por ser el erudito en Historia Universal del colegio, aunque esté mal que yo lo diga”. Germán Segundo se rascó su poblado mentón. No era capaz de concebir una razón por la que aquel gentilhombre se hubiera visto obligado a abandonar su noble profesión. Es verdad que se le desorbitaban un poco los ojos cuando declamaba sus desventuras, pero no le parecía ese un rasero propio para medir a nadie. Quien más, quien menos cojea de alguna rareza. En el mundo hay gente más emotiva y gente más templada, y Germán, que siempre había sido de estos últimos, no era quien para juzgar los aspavientos de nadie.

“¿Y por qué dejó la enseñanza, Amadeo?” El hombre se puso serio, alargó un brazo para empuñar de nuevo su herramienta profesional, e irguiéndose con la prestancia de un hidalgo que nunca ha dejado de serlo, continuó: “Si recuerda usted, amigo mío, las clases de historia de la escuela, le vendrá el pensamiento de una materia abstracta, de un mármol desportillado, de un jardín lujuriante que tan sólo se le permitió admirar a través de un vidrio arbitrario”. Germán Segundo apenas si entendía las metáforas de su interlocutor, pero dejó que los oídos se le colmaran de la música de aquellas palabras que parecían pertenecer al dominio exclusivo de los libros y que ahora eran pronunciadas en voz alta y diáfana -“voz de locutor”, se dijo el barrendero- ante sus propios ojos. 

 “Mis clases estaban concebidas, ¿cómo decirlo?, para ser vividas. La llama de conocimiento que debía inflamar en aquellos quinqués en ciernes dependía del realismo de mi interpretación. Porque, si aún no se lo he dicho, amigo Germán, mi concepto de la historia era el de un profesor-actor. Representaciones de momentos históricos, tal era el título que di al curso y con el que me presenté en la Sala de Estudios del Colegio Lepanto de... Bueno, lo cierto es que el lugar no tiene demasiada importancia...” Aquella última frase, reflexionó Germán. Había algo familiar en aquella última frase de Amadeo, ¿pero qué era? “Bueno, ahora no caigo, pero es de esas cosas que tiene uno en la punta de la lengua...”

Amadeo Solana dirigió una penetrante mirada a Germán. Se diría que había captado el instante de distracción del barrendero y no parecía hombre acostumbrado a dejar un parlamento a medio hacer.

 “¿Le resultan ya penosos los pormenores de mi historia, señor mío?”, inquirió con un poso de malestar. Germán se azoró y tragó saliva aparatosamente. Por nada del mundo hubiese querido herir la sensibilidad de aquel noble caballero venido a menos. Pidió disculpas mientras se pasaba una gordezuela y sudorosa mano por la cara. “Como le decía, comparecí en la Sala de Estudios con mi propio programa de la asignatura, y fui dura y cruelmente criticado por mis compañeros. Se me acusó de individualista, librepensador, idealista e irreverente, entre otras muchas cosas. ¿Irreverente? ¿Hacia quién o qué? ¿Es acaso la enseñanza de la Historia un corpus único e indivisible, un código de leyes o un teorema matemático? No, señor, es un gran entreacto. ¿Sabe que una de mis grandes pasiones fue siempre la de coleccionar trajes y disfraces de época? Mi difunta abuela, que en paz descanse, era una magnífica costurera, y de ella obtuve no pocas de las piezas de mi vestuario. Cota de malla y jubón Siglo de Oro; túnica griega o romana, según lo que se terciara; sombreros de paño y calzas renacentistas; capote, levitilla y pañuelo románticos. En cada clase, y dependiendo del tema que viniera a cuento explicar, me vestía apropiadamente para la época”. En este punto, y arriesgándose a otra mirada desaprobatoria, decidió interrumpir Germán Segundo el discurso. Aquello le parecía tan original e insólito. Le costaba creer que alguien pudiese atacar la imaginación con tanto encono. En su opinión, sólo los frustrados o los mediocres podían ser capaces de tal cosa. “¿Y qué decían los chavales  al verle de aquella guisa?”, preguntó armándose de aplomo para lo que viniera después. Amadeo Solana retrocedió en el tiempo con una mirada perdida y soñadora. Se veía que aquella era la parte de toda la relación de sus cuitas que menos daño le causaba rememorar.

“La ambientación, mi paciente amigo, lo es todo en la enseñanza de la historia. Fechas, batallas, apogeos y decadencias no significarán nada para los que los estudian si no les es ilustrado con la luminaria del profesor. Y en un mundo de grises enseñantes determinados a inculcar una sabiduría estilo papagayo, mi representación histórica dio en hueso...” Amadeo Solana pareció abatirse de nuevo; cabeza y hombros describieron un movimiento descendente y su rostro demacrado amenazó con sombrearse de amargor, pero al cabo se enderezó con un ímpetu que debía de arrancar de sus mismas entrañas, acostumbrado a sacar fuerzas de flaqueza en sus frecuentes momentos de abatimiento, y alzando su gancho de limpieza en alto, gritó: “¡¡¡¡¡PERO NO DI MI BRAZO A TORCER, NO SEÑOR!!!”

Germán Segundo, que era hombre muy discreto, echó un vistazo a su alrededor para ver el efecto que el vocerío de su acompañante había podido causar en los transeúntes. Por allí no se veía un alma, exceptuando un noctámbulo que descansaba todo lo largo que era sobre un banco de la plaza. Vestía harapos y se abrazaba a una botella de tinto sin marca. “Consuélese, don Amadeo, que aquél está mucho peor que usted”, sentenció Germán Segundo con cantarín acento de su tierra. El antiguo maestro de escuela asintió con la cabeza, y en silencio se unió a Germán Segundo en la contemplación de las estatuas de Don Quijote y Sancho Panza.

El desarrapado del banco abrió los ojos. No le fue fácil quitarse la telaraña de embriaguez que le impedía ver con claridad a través de ellos. Enfocando a lo lejos, distinguió dos figuras que guardaban un curioso parecido con las estatuas de la plaza, la de un hombre alto y flaco junto a la de otro bajo y rechoncho. Sin saber muy bien por qué, le vinieron a la memoria en aquel momento las ventas que surcaban el seco paisaje de su tierra manchega. Mientras descorchaba la botella, una lágrima de nostalgia le resbaló por la mejilla y fue a parar al suelo, cerca de donde los gorriones se bañaban en la arena que rodeaba al banco. Para ellos, probablemente no fuera más que una gota de rocío.