lunes, 26 de septiembre de 2011

EL MAL SUEÑO DE ULISES SANTIAGO

   Ecología ambiental, la responsabilidad es de todos.



El padre de Ulises Santiago era un emigrante griego que había cambiado las míseras canteras de Creta por las verdes costas de Asturias. Natural de la isla de Ítaca, también asolada por la pobreza, decidió no seguir los pasos de sus tíos y primos y, en lugar de embarcarse para Norteamérica, se encaminó hacia la Península Ibérica en pos de mejor fortuna. Nostálgico de la tierra natal que había abandonado, Alexis buscó y halló una reproducción de su querida isla esmeralda en las costas de Luanco. Es verdad que el Cantábrico bramaba con mucha mayor fuerza que el no siempre apacible Jónico, pero también es cierto que el clima lluvioso del puerto asturiano le recordaba a su manera a las pertinaces nubes preñadas que solían cubrir el cielo de Ítaca desde abril hasta octubre. Tan pronto como hubo conseguido trabajo como camarero en un restaurante del paseo marítimo, Alexis empezó a sentirse en Luanco como en su propia patria. De hecho, tan acomodado se sintió que incluso se enamoró de una asturiana, a saber, la cocinera del restaurante en el que ambos trabajaban, y con quien se casó al año siguiente. Para cuando nació el hijo de ambos, y a quien llamaron Ulises Santiago en conmemoración del mitológico rey de Ítaca y del abuelo materno de Cristina, Alexis y su esposa habían juntado el dinero suficiente con que montar un negocio grecoasturiano, la Taberna Jónica, encantador establecimiento donde el marisco se aliaba con la Moussaka, y la sidra y el aguardiente se hermanaban con el raki y el vino de resina.


En noviembre de 2002, Ulises Santiago acababa de cumplir 11 años y había empezado a echar una mano a sus padres tras el mostrador de la Taberna Jónica. Sin embargo, aquella tarde, el muchacho parecía tener la cabeza puesta en otro sitio, pues derramó dos jarras de cerveza seguidas y estuvo a punto de quemarse los dedos al preparar un café de máquina.


-¿Te pasa algo, hijo?- Le preguntó su padre, con su vozarrón de hombre bueno.


-No, me distraje; nada más...- Alexis, que aunque carecía de estudios, sabía leer en la mirada de los suyos, puso su manaza sobre el hombro de Ulises Santiago y voceó en dirección a la cocina.


-¡Cristina, el chaval y yo marchamos un momento fuera!¡Aquí están todos servidos!- Y padre e hijo salieron a dar un paseo por la playa. El muchacho iba cabizbajo, despreciando la belleza del cielo que les cubría y del mar que les circundaba.


-A ver, Ulyssou, ¿qué te ocurre? ¿Algún problema en la escuela? ¿Es que te mandan muchos deberes y la taberna te quita tiempo? Ya lo hemos hablado tu madre y yo, no hace falta que vengas todos los días. Sólo cuando no tengas nada que hacer.- El muchacho levantó la vista y negó varias veces con la cabeza. Le flaqueaba la voz.


-Papá, es otra cosa. Esta noche pasada tuve un sueño muy raro. Por eso estoy preocupado, aunque no mucho, ¿eh? Sólo un poco.- Alexis sonrió. Los críos -se dijo- son lo que nos queda de nuestra propia inocencia.


- A ver, pues cuéntamelo. En mi tierra dicen que si hablas de tu sueño con otra persona, no volverás a soñarlo.- Ulises Santiago se quedó mirando a su padre, intentando sopesar en la expresión de aquel lo que de verdad había en sus palabras. Su rostro recuperó el aire todavía púber que la preocupación había disfrazado.


-No sé, todo era muy raro. Estábamos en clase de gimnasia, pero el profesor nos había llevado a la playa para que la clase fuera al aire libre. Parecía esta misma playa, pero estaba cubierta por una capa oscura, como de grasa, y el mar también estaba negro y sucio. Entonces el profe nos dijo que hiciéramos unos estiramientos para calentar y, cuando terminamos, se puso a gritar: "¡¡¡Si me dejáis la playa bien limpia, os apruebo a todos la gimnasia!!!". Y toda la clase nos pusimos a limpiar la arena como locos, pero daba igual porque el mar lanzaba olas y más olas, y todo se volvía cada vez más negro. Y justo ahí me desperté. ¿Qué querrá decir, papá?- Alexis se encendió un cigarrillo y se encogió de hombros. Ulises Santiago le observaba sin perder comba, esperando su respuesta de padre, la respuesta definitiva para un niño.


-No sé, hijo. A veces los sueños significan algo y otras nada. Sólo Néstor, el Consejero, era capaz de descifrarlos todos.


-Sí, ya me acuerdo. Eso me lo leíste el año pasado y era de La Iliada, ¿verdad? ¿Querrá decir que tengo que mejorar en gimnasia, papá?


-No, no lo creo, Ulissou. Verás, si el mar está negro de noche, no extraña a nadie. Es como debe ser y todos nos hemos acostumbrado a verlo así. Pero que el mar esté negro de día, es otra cosa. Es que algo no va bien.- Ulises Santiago adoptó un semblante insólitamente serio para su edad y recuperó el normal curso de su voz.


-Podría quedarme en la playa toda la noche, papá. Así vigilaré que no ocurra nada malo.


El padre griego se sonrió ante la buena voluntad e inocencia de su hijo. Se sentía orgulloso del amor y respeto que éste demostraba por la tierra en la que habitaba y por el mantenimiento del estado natural y perfecto de las cosas. No le dijo nada al chaval, pero aquella historia que había relatado en su sueño le trajo a la memoria algunas imágenes muy negras de buques de desguace que se habían hundido con cargamentos enteros de petróleo en las hermosas costas de su querida Grecia. Ojalá nunca ocurra aquí lo que has soñado, hijo – murmuró para sus adentros- por el bien de todos.


-Venga, Ulysou, vamos a ayudar a cerrar a tu madre y marchamos pronto a casa a ver la película del videoclub que tú elijas.- El niño asintió enteramente convencido y desafió a su padre a una carrera nocturna hasta la Taberna Jónica.


Ulises Santiago echó un último vistazo al mar sombreado en la noche desde la ventana de su habitación. Aparentemente todo estaba tranquilo. Lo que su padre le había dicho tenía mucho sentido. Que el mar se viera negro de noche era natural. No había motivo para preocuparse. Y que se viera negro de día no parecía tener mucho que ver con la naturaleza que estudiaba en los libros de texto, así que lo mejor era dejar de pensar en ello. El muchacho se cubrió con la manta y cerró los ojos con la precaución del que ha tenido un mal sueño y espera que éste ya no vuelva a repetirse. Le llegó muy débil, casi adormecido, el sonido del oleaje contra el rompiente, y se imaginó el mar verdiazul, las rocas grisáceas, la espuma blanca y la playa limpia y alfombrada de conchas, tal y como siempre los había conocido.