martes, 27 de septiembre de 2011

Davos

Davos había dibujado con tiza los límites que constituían la demarcación de su propiedad, un espacio de 30 metros de largo por 15 de ancho al que había decidido llamar su Catedral. Davos no era un hombre especialmente religioso, pero había escogido este nombre para sus dominios pensando en que el carácter de lugar sacro que dicho nombre les confería podría ayudar a que sus exigencias fuesen respetadas. Una catedral no era de esos lugares que se violentan o traspasan así como así. Por lo que recordaba de sus estudios, incluso se podía solicitar asilo en ellas. Además, en estos edificios existe un culto establecido y unos horarios de visita oficiales, por lo cual si alguien estaba realmente interesado en visitar aquel espacio que él había señalado con tiza como de su propiedad, no tendría inconveniente en elaborar un programa que regulase este tipo de actividades. Por otra parte, Davos era plenamente consciente de que el solo hecho de asignarse un espacio de terreno abandonado de la ciudad en que hasta entonces había malvivido no era garantía alguna de que se le fuera a conceder esta parcela sin tener que luchar por ella, aunque estaba casi seguro de que, habiéndole dado el nombre de Catedral, los concejales y demás profesionales del urbanismo tendrían que pisar con pies de plomo para intentar despojarle con todo el peso de la ley de los derechos que automáticamente se había adscrito. Para ello, Davos, que no era católico ni mucho menos sacerdote, y ni por asomo había concebido la idea de vestirse con el atuendo característico de los oficiantes de este credo para reforzar el respeto de los demás hacia su Catedral, sacó su Biblia de bolsillo de la mochila, un libro que conocía y admiraba desde hacía mucho tiempo por las infinitas enseñanzas que encerraba, y se sentó a esperar la inminente llegada de las fuerzas de seguridad. Pero Davos se equivocaba, porque fueron pasando las horas y ningún agente al servicio del Ayuntamiento de la ciudad se presentó para exigirle que se marchara de aquel terreno que había reclamado para sí. Llegó la noche y Davos, contra todo pronóstico, incluso pudo dormir a pierna suelta sin ser molestado, amparado en los límites de tiza que circunscribían su lugar sagrado, su Catedral. Cuando la luz del día le despertó, Davos constató perplejo que los límites de su Catedral seguían sin haber sido traspasados y llegó a la conclusión de que a veces nuestra imaginación anticipa muchas más dificultades de las que en realidad debemos afrontar, lo que le hizo sonreír de alegría bajo el azulado cielo que constituía el techo de su Catedral, lo que no era poca cosa para un hombre taciturno al que pocos habían visto exhibir su dentadura de contento.