martes, 27 de septiembre de 2011

Autorretrato en doce compases


El guitarrista zurdo, al que todos creían diestro, se colocó delante de un espejo sobre el escenario inundado de luces, y comenzó a extraer los primeros punteados de las cuerdas de su fiel instrumento. El público de las primeras filas le contemplaba con expresión sumamente enigmada, como se sigue cada gesto ensayado de un ilusionista que estuviera ejecutando uno de sus mejores trucos, mientras que los que ocupaban los asientos posteriores del anfiteatro se contentaban con absorber las cadenas de sorprendentes acordes que llegaban a sus oídos en ondas consecutivas.




El guitarrista zurdo, que con aquella actuación esperaba ganar lo suficiente como para fabricarse un instrumento adaptado especialmente a la medida de los reflejos de su mano izquierda, sin darse cuenta de que, a ojos de su audiencia, el número del espejo representaba la total identificación entre el artista y la principal atracción de su repertorio, cerró los ojos por unos instantes, y dejó que sus dedos deambularan a ciegas por las familiares coordenadas de aquellas cuerdas. Cuando los volvió a abrir, se reencontró con su propia imagen en el espejo, reflejo concentrado y serio de sí mismo, y siguió tocando sin perderse de vista hasta finalizar la actuación, entre el coro de los aplausos de su deslumbrado público.



Sustituida la guitarra por un pincel, los amplificadores por una paleta de colores, el escenario plagado de focos por un estudio débilmente iluminado, se hubiera dicho de él que estaba pintando su autorretrato.